domingo, 28 de diciembre de 2008

Tres líneas

Su biografía eran tres líneas sobre un mohoso papel de periódico Podría haber sido peor, podrían haber estado en una agenda, o un documento Word, html, pdf, xml o, simple y llanamente, doc. Su biografía eran tres líneas con sabor a plomo. Su biografía…si olías el papel de periódico su biografía olía a café y a humo. ¿O era ese el hábitat del periódico en cuestión? Prefiero pensar que era su recuerdo el que olía a café, a humo de tabaco, a una mesa arrinconada. ¿O a tinta? Sí, también olía a tinta, como no. ¿O a pájaros? ¿Y faroles? ¿Y tejados? Bueno, sin pasarnos, que son tres líneas. Tres roñosas y reducidas líneas.
¿Tres líneas por una ración de bohemia? ¿Tres líneas en honor a la casualidad? ¿Tan solo tres líneas por lo que hizo que se abriesen las puertas y ventanas del mundo para nosotros?
Por el que nos empujó a juntarnos. Por el que nos empujó a soltarnos. A desvariar, a hundirnos, a levantarnos, a estallar de mil formas distintas. A atrevernos. ¿Tres líneas por un cambio? ¿Tres líneas por la inspiración?
Tres líneas sobre un mohoso papel de periódico. En un bar. Afuera llueve, jarrea, caen peces plateados y las vías del tren se oxidan. Tres líneas:

El 2008 concluirá el próximo 31 de Diciembre y con él dejamos tras nosotros un año más de actualidad social y económica. Gracias por haber estado con nosotros este año de momentos felices y grandes cambios.

Tres líneas por el 2008. Trs roñosas líneas. Tres líneas por una pizca de soma en el café. Tres líneas por ser un poco más feliz, levantar la vista y ver esos ojos. Por esa mirada. Qué no te escribiera yo por una más de esas miradas…

Que el año que viene no de por finalizado este blog ni las historias que en él se encuentran. Que los autobuses a Madrid sigan con un precio razonable dentro de unos años y que no nos olvidemos los unos de los otros. Que algún día nos acordemos de este año y sonriamos.

Mis mejores deseos.

domingo, 14 de diciembre de 2008

Algodón

Enrique se levantó con la cabeza llena de algodón. Suave y blanco algodón. El mundo era blanco. Suave y esponjoso algodón. A white lie, una mentira, blanca, suave, de algodón.
Asomado a la ventana sintió que podía volar, junto a las nubes. Las nubes no eran sino el humo del tren que pasaba bajo su casa volviéndola negra de carbón. Pero aquel día no hubo humo más blanco, humo más algodonado que el del tren de las cuatro y media a Madrid y más blanco que el de las seis cuarenta a Lisboa. Ni qué hablar del de las siete a París. El humo era tan suave como una eau de toilette.
Y así, sumergido en volutas blancas sobre el cielo azul, bajaba a trabajar a la cafetería de la estación. Daba tragos de leche a ratos. La leche blanca cómo el humo que se perdía hacia Lisboa y dejaba tras de sí una fina señorita de Bayona de piel tan pálida cómo el marfil o la cabeza de algodón de Enrique. Llevaban tacones blancos y sombreros a juego. Su piel no cambió de color cuando el camarero derramó un poco de leche sobre su mano. Blanca cómo el algodón. ¿Sería tan suave cómo parecía? El hombre con la mente entre algodones tomó su mano y la besó. Ella le dirigió una sonrisa de carmín rojo y corrió a tomar el trasbordo a Madrid. Tras los ojos de Enrique, el algodón se tiñó de rojo carmín. Rojo, cálido y cremoso carmín. Sensual carmín.
El mundo pasó de ser una mentira piadosa a una espiral apasionada. El atardecer se tiñó de rojo y Enrique, camarero de la estación que nunca subió a un tren, soñó con correr hacia Madrid en busca de otra sonrisa, más carmín. Más pasión. Carmín.
Pero se hizo de noche. Llegó a su piso sobre la vía, se tumbó sobre la cama y todo se tiñó de rojo. Carmín, suspiró. Carmín.
Los trenes no dejaban de pasar bajo la ventan. Terremotos, explosiones de lava. Enrique tomó el algodón que había sobre la mesilla y, pensando en rojo, se puso unos tapones de algodón. Pero el algodón desaparecía casi en cuanto tocaba la oreja y tenía que usar más y más algodón, suave algodón hasta que su mente se llenaba, rebosaba, y los trenes dejaban de oírse.
A la mañana siguiente se despertó, cómo siempre, con la mente llena de algodón. El mundo no era sino a white lie y el humo del tren, esponjosas nubes. Casi blanco papel.

lunes, 8 de diciembre de 2008

-Pipoleto y Mauricio.-

¿Y cómo fue?
Pues él, sentose ahí donde se encuentra el tapiz desgarrado y el otro, como siempre, a su lado.

Pianista y violín.
Violinista y piano.
Pipoleto y Mauricio.
Este fue el último lugar, donde ellos tocaron.

Empezó el piano acallando las voces que inundaban el espumeante ambiente a causa de las pipas y los cigarros y seguidamente empezó un chillido agudo, desbarajustado, que al tiempo que con sus desgarradoras notas prendían los corazones de las fulanas y las consumiciones de los gualdrapas, parecíase también que estuviese tocando un gato en vez de aquel violín de madera áspera y simplona.

La gente callóse, las jarras se parabanse en las mesas y los cigarros en ceniza se convertían en las bocas de los mineros.
Pipoleto balanceabase al son y a la luz de un gran candelabro estilo judío siguiendo cada una de sus curvaturas y dobleces. El violín se deslizaba sobre su hombro como un barco del inmenso mar en una tormenta enojada. Era tal su balanceo y su delicadeza que violín y Pipoleto mezclábanse engullidos por las notas y los humos que al final, diferenciarse no se podía entre quien tocaba, manejaba y acariciaba a quién, y quién se balanceaba sobre quién. Como si violín tuviese cuidado de no dañar el hombro de Pipoleto al acunarlo sobre su madera simplona y áspera.

Mientras, Mauricio y piano hacían lo suyo. Las teclas parecían no acabar y a cada una que tocaba otra más añadiase a la cadena y así, estas iban cogiendo forma y rodeaban el antro: Entre las patas de las mesas, entre las enaguas de las mujeres, entre los bigotes llenos de espuma de cerveza de los hombres borrachos de trabajar. Y seguían moviéndose, esquivando, desvaneciéndose como una gigantesca serpiente de marfil y negro.

Seguían un rato así, hasta que del flequillo de Pipoleto caía una gota de sudor sobre violín y entonces el sonido al chocar contra la áspera y simplona madera despertaba a Pipoleto de su ensoñación de bailes con candelabros judíos y luces y sombras y chasqueando la lengua, empezaban in crescendo.
El arco empezaba con sonidos bajos, burdos y picarescos y al tiempo que el tono aumentabase su complicidad y dificultad para con el resto, parecía que el brazo de Pipoleto y el arco con el que tocaba con gran maestría multiplicabase y cuando no cabían más en un mismo violín saltaban y se abalanzaban al vacío pero, en el momento clave de chocar contra el suelo los recogía otro violín formado por la multitud de notas, por las ansias del público por no parar hasta que sus tímpanos dijesen hasta aquí hemos llegado y explotasen.
Y por el humo, el frío y al mismo tiempo, el calor que el antro impregnaban.

Así, en cuestión de segundos un ejército de violines seguían los ágiles movimientos de Pipoleto al violín y Mauricio al piano. Pipoleto juguetaba velozmente con los sonidos y su violín formulaba preguntas que al unísono su sequito de violines imaginarios respondían en un estruendoso afán por seguir el ritmo que Mauricio y su serpiente bicolor les proponían. Aumentaba la velocidad, los sonidos, los violines, las teclas de marfil y negro, los latidos… hasta que llegaba un momento en que el ejército se sublevaba, Mauricio ni siquiera tocaba las teclas, su serpiente se consumía lentamente y Pipoleto seguía ya no con sensuales caricias y dulces movimientos sino con brutales segadas con el arco sobre las cuerdas del violín que humo sacaban como los cigarros y parecía que fuera a partirlo por la mitad.

Finalizaba con dos últimos movimientos. Brutales, rápidos y contundentes que por la entrega y afán de espíritu, que acababan y volvían a encerrar al conjunto de violines que en cada actuación querían separarse de alma y ser tan solo cuerpo, Pipoleto en esa milésima de segundo después de encerrar a sus criaturas miraba al cielo con la cara chorreante de sudor y su cuerpo se desplomaba sobre la silla que detrás suyo siempre tenía para ocasiones en las que la fatiga de su espíritu no pudiese ser aguantada por su escuálido cuerpo.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Hoy puede ser un gran día...

" El que es sabio, sólo es sabio porque ama. El que es loco, sólo es loco porque piensa que puede entender el amor"

A orillas del río Piedra me senté y lloré, Paulo Coelho


http://es.youtube.com/watch?v=ysZ1JkBS7Ps

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Un grito

Nadie antes había contado jamás una historia tan angustiosa, tan ahogada y atrapada que parecía imposible de leer por la dificultad de avanzar entre sus densas líneas de sufrimiento contenido. Porque nunca antes nadie había escuchado la historia de un grito. La vida de ese grito que murió antes de nacer. Atrapado en las cuerdas vocales de una garganta encadenada. No podía salir, pero tampoco podía siquiera huir a la boca del estómago porque su fuerza era tal que su rabia contenida lo obligaba a luchar por permanecer en el epicentro de la desolación.

Jamás nadie podría imaginar la encarnizada lucha de ese girto por aflorar y poder contar su historia. Poder dejar que su pena volase entre los árboles desnudos y se colase por las rejillas de las ventanas entreabiertas y las chimeneas humeantes de aquel invierno gélido.

Su esfuerzo imperioso quiso aliarse con un par de lágrimas que encarceladas en dos cuencas oscuras no conseguían escapar de su cautiverio.

Era tal el dolor y tan hiriente la desesperación de aquel grito que un enorme grupo de nubes grises de tristeza lo cubrieron y dejaron que truenos y relámapagos lo ayudasen en su huida. Pero no podía, era imposible, estaba atrapado en la impotencia y la desazón. Adherido a las paredes de una garganta que se negaba a dejar nacer semejante efluvio de infelicidad y amargura.

Las nubes comenzaron a disolverse y el viento que pretendía arrancarlo con su fuerza huracanada se convirtió en una neblina que se deslizó suavemente por las fosas nasales para llegar hasta él, envolverlo y congelarlo para siempre en aquel gélido invierno de aquella garganta prisionera de su propia voz.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Be alive! Zangolotino

Be alive!

Zangolotino be alive! Be alive en una pasquina en blanco y negro. ¿No ves que ahí afuera está lloviendo? ¿a qué esperas?

Wait ¿lo oyes? Es el sonido de… mmmmmm ¡exquisito!

Sigámoslo, sí, ese sonido con sabor a…

¡Un farol! Zangolotino ¡un farol! I’m sorry. Es su luz de las ocho de la tarde ¡qué luz! Mírala bien, mírala Zangolotino

¿Un cigarrillo? Sí, gracias, ¡no! No fumo, pero hoy es diferente Zangolotino, hoy tengo que mostrarte algo. Come on!

¡Qué hermosura! ¡Qué inocencia! Esos ojos tan abiertos, tan vivos. Be alive Zangolotino, BE ALIVE!

¿Lo ves? ¿Ya lo tienes? Parece que es lluvia sí… It’s rainning Zangolotino.

¿Un beso dices? No, thanks, no fumo. Come on! Zangolotino. COME ON! Ya casi estamos.

Un par de escalones más. Nos estará esperando ya. Es tarde ya Zangolotino. ¡Oh! Ahí está. ¡Míralo! Pero no se lo digas a nadie ok? ¿No es wonderful Zangolotino? ¿Lo ves bien? Ese farol redondo de luz blanca entre los tejados. Pero no se lo digas a nadie. It’s a secret, it’s our secret. ¡Qué belleza! Y es nuestro. Nadie lo mira jamás, nadie lo ha visto jamás. Me pregunto quién lo alumbrará cada noche ¿Te gusta Zangolotino? ¿Te gusta?

¿Un beso dices? No, gracias Zangolotino, no fumo.

-Cazamoscas-

¿El hombre es libre?... El hombre es relativo, y la libertad, tres cuartos. La belleza y la verdad según dicen, también. De la verdad, no hay discursión, es relativa. De la belleza no estoy tan seguro. Porque todos somos iguales a los ojos del de arriba por lo tanto o todos somos bellos o afeados. Los más bellos hay que decirlo, son los bebes, que no ven por lo enamorados que están de cuanto descubren y les rodea, hasta que enfocan, y al verse, como Narciso, dejan de enamorarse, empiezan a ver y se enamoran de sí mismos y ya no ven la belleza que les rodea. Tan solo se ven a si mismos y así, empiezan a afearse. Y por eso morimos.
Conclusión todo es relativo.
Se dice que una mosca tras haberse estrellado 378 veces contra la ventana del bar de la esquina y agotada por su ardua tarea decidió posarse en una mesa a descansar. Y se cuenta que la mosca quedose dormida y en su ensoñación soñó que era y se creó en su propio sueño a sí misma junto a todo lo que le rodeaba:
Marisa, la vecina pechugona del 5º de la C/ D. Eufrasio, el cupón premiado abandonado en la acera esperando a que algún afortunado se fije en él, el pañuelo con olor a canela de la anciana que pide limosna en la entrada de la panadería… En fin, todo.
Bueno, se dice que cuando una mosca se percata, piensa y sueña con su existencia y con cuanto le rodea, se crea en su ensoñación todo con su justa relatividad. Así, mientras la mosca sueña, sueña con su sueño y con su existencia y mientras yo escribo o usted lee, la mosca observa en su ensoñación como yo escribo y como usted lee.
Pero, llegó un momento en el que D. Alfonso sentose con el café y el periódico en la misma mesa que la mosca soñaba y que al verla le dio un nosequé y embrolló el periódico y dispúsose a golpearla para acabar con ella pero, no se percató de que la mosca observaba en su sueño como D. Alfonso dispúsose a acabar con ella y con todo.
Con el estudiante de medicina que esperaba al fontanero porque no funciona el agua caliente, con el olor a pan recién horneado… En fin, con todo.
Por ello, si D. Alfonso aplasta a la mosca todo el universo de su ensoñación desaparecerá junto con su propia existencia: Ya soñada, ya relativamente real.
Y como ya he explicado, cuando una mosca sueña con su existencia y con cuanto le rodea, se forma una entrada relativa entre todo, y así somos creación de un cerebro de mosca y de forma inversa al proceso de creación de nuestro universo, D. Alfonso puede acabar consigo mismo y con todo al aplastar a la mosca que sueña con su propia muerte con Marisa, D. Alfonso, el olor a pan recién horneado, el pañuelo con olor a canela, un servidor, el estudiante, la C/ D. Eufrasio, usted estimado lector… En fin, con todo. ¿Quién le a dado permiso al grosero D. Alfonso para acabar con todo el universo? Ahora mismo podríamos desaparecer de la ensoñación de una mosca y así esfumarnos como el humo del cigarrillo de ese futuro genocida.
Por eso, disfrute del pan recién horneado, juegue en los columpios en vez de estar preocupado por si el crío se hará daño o no. Hágase usted daño y que el crío se preocupe por usted. Regale una rosa a una chica con sonrisa de canela, miré todos los cupones tirados por la calle, no le dirija la palabra a D. Alfonso. ¡Menudo grosero¡
Baile consigo mismo al son de la sinfonía de un grupo de grillos borrachos de Anís mientras, un bebe en su bella ceguera disfruta de su danza antes de afearse pero, sobre todo, ¡Cace moscas!, por si acaso.

Nunca se sabe que pueden estar soñando.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Dicen

Dicen que hay caminos, no sé, eso dicen. Yo dede aquí sólo veo una ventana. Dicen que las ventanas son puertas, dicen que los ojos son como ventanas, pero nunca se han enamorado de un ciego, ni de su mirada. Ojos grises dicen. Ojos de anciano. Parece que perdieron el color por el paso del tiempo, se desgastaron. Pero son los mismos ojos que lloraron con Casablanca. Dicen que “siempre nos quedará París” eso dicen, pero hace años que un tal Humphrey Bogart murió. También dicen que el amor es eterno, no sé, quizás en Casablanca. Dicen “dos corazones pueden más que todas las razones”. Cómicos, eso dicen los cómicos, esos muertos de hambre al borde de los caminos. Y muertos están y bien enterrados porque dicen que ayer el Arte murió, sí, eso dicen, pero hoy nada dicen en los periódicos, nada.

Dicen que un día alguien escribió varias palabras sobre caminos, ojos grises y Casablanca, pero ese alguien murió, murió con el Arte, murió por el Arte y para el Arte o eso dicen al menos.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Cuatro historias

Dormir es morir un poco cada día. Porque lo que no vives mueres. Yo no muero, digo existo, digo duermo. Escribo.

Escribo una historia:
La de un hombre que espera a Fortuna debajo de una farola. Llueve. Si la luz pudiera ser derramada caería a cascadas sobre su nuca. Mira un instante al reloj. Ha llegado pronto. Saca un papel arrugado y confirma la dirección. Tercera farola a la izquierda de la Taberna del Sol. Un niño surge de una calle lateral, le mira y se sienta a su lado.

Escribo dos historias:
La de un hombre que mira al reloj bajo una farola y la de un niño de alma azul. No tiene ni un antes ni un después. Simplemente está ahí. Solo existe. Se sienta en el suelo mojado, con las piernas cruzadas. Ha dejado de llover.
-Hola-dice el niño.
-Hola- responde el hombre.
-¿Cómo te llamas?
-…
El hombre se apoya en la farola y suspira. Si él mismo lo supiera…
Sólo recordaba una cafetería, por la mañana. Su alma decidió deshacerse de su identidad al llegar a la página de los crucigramas del periódico:
8 horizontal: tres. 4 vertical: farola. 14 vertical: lluvia. 2 horizontal: sol.
Y, por encima de todo ello, un nombre escrito a pintalabios: Fortuna.
16 horizontal: medianoche.
Y allí estaba, bajo la farola señalada a la hora señalada.
-¿No te gusta hablar?- insistió el niño.
-No lo sé.
-Ah.
El niño asiente pensativo. Lógico. Para él, todo es comprensible.
-¿Qué haces aquí?- le pregunta al fin el hombre, casi con dulzura.
-No lo sé.
Bajo la farola, el niño le ha contagiado un poco de su alma azul. Todo es perfectamente comprensible bajo esa luz azul claro.
-Ah.
El hombre se sienta contra la farola y cruza las piernas. El suelo está mojado y la luz se precipita sobre los dos. Son las doce menos cinco.

Escribo tres historias:
La de un hombre con un crucigrama como mapa del mundo, la de un niño sin pasado ni futuro, solo presente, y la de una farola.
Una farola que tras sufrir viento, lluvia y sol durante veinte largos años, parpadea un instante y muere, discreta. Es medianoche.
Sobre el cadáver de la buena farola se apoya el hombre, con la cabeza del niño, dormida, sobre su hombro. El hombre mira al reloj. Es medianoche. Mira a su lado. El niño, dormido, resplandece. Suspira.
Coge al niño en brazos, lo abraza y echa a andar. Van dejando un rastro azul por la calle negra. Azul.

Escribo cuatro historias:
La de la farola muerta, el niño dormido, el hombre verdaderamente afortunado y la de una mujer. Una presencia. Una idea que, sentada en un portal, observa como los dos personajes se alejan a las doce y un minuto. Es Fortuna, y, con los labios pintados en carmín, llega a la página de los crucigramas del periódico que sostiene sobre las piernas. Saca un pintalabios y firma. Sonríe.

Por eso no duermo. Porque si durmiera no miraría por la ventana, no vería ni a Fortuna ni a la farola muerta. No hubiera visto lo que ha pasado hoy a medianoche.
Moriría un poco más. Porque no observar es no sentir. No sentir es no vivir. No vivir es morir. Y dormir es no vivir. Dormir es morir un poco cada día.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Un ramo de gardenias en Nantes

Con humo de cigarro en los bolsillos y una colilla apagada en la chaqueta decidió tomar el tren.
Pero Francia quedaba tan lejos en el tiempo y el espacio que, al llegar a la ventanilla 402 de la estación central, le flaquearon las piernas y la voluntad.
Estaba en Moscú, en una estación de colores sepia, con gente en blanco y negro llevando su vida en maletas de ruedas de un lado al otro.
Con humo de cigarro en los bolsillos y una colilla apagada en la chaqueta pidió un billete para el transiberiano con olor a invierno.
Se sentó en el vagón.
Francia quedaba tan lejos que la forma más fácil de llegar a ella de nuevo era huyendo en dirección contraria.
Ahora estaba en un tren que traqueteaba entre la nieve y contra el hielo, atravesando llanuras propiedad del lobo y postes telefónicos. Se arrebujó en su chaqueta. Se le había pegado el color de la estación de Moscú.
Durmió sin soñar, como suele pasar cuando las obsesiones se mueren de viejas en algún rincón de la mente. Despertó pensando en Nantes y en un ramo de gardenias. Cinco veces. Cinco veces el mismo ramo de gardenias y el mismo Nantes.
¿Quién las sostiene? Se esforzaba por buscarlo. Las flores, un lazo, las sostenía una mano blanca. Su memoria ya no era lo que fue ni fue lo que era. Seguro que era ella. Pero quien sabe, quizá si se esforzase consiguiese encontrar tras esa mano otra mujer, otro rostro, otra sonrisa, y no se sentiría tan miserable por solo poder recordarla.
Pero no había manera. Seguía siendo ella. Siempre fue ella. Tosió. La chaqueta ya había adoptado el color ceniciento del tren y le abrazó con más fuerza.
Con humo de cigarro en los bolsillos y una colilla apagada en la chaqueta bajó del tren en la última estación y se sentó. Esta tenía matices de rojo oriente. Decidió tomar el tren. Pero Francia quedaba tan lejos…

En la misma estación, con pétalos secos en el sombrero y marcas de espinas en los dedos, una mujer decidió tomar el tren.
Se había despertado todas las mañanas soñando con humo de cigarro enroscándose entre los dedos de aquel al que no quería recordar.
Pero Nantes quedaba tan lejos que la forma más fácil de llegar a ella de nuevo era huyendo otra vez en dirección contraria.

martes, 28 de octubre de 2008

Veinticinco minutos

Veinticinco minutos, ni uno más, para escribir. Para escribirte. Amor. Escribirte.
Suspiro. Veinticuatro, afuera, gris, llueve. La ventana se salpica de brea del asfalto que, bajo el fuego de Dalí, se derrite. De frío se derrite.
Veinte minutos. No he de gastar más tiempo. Lee, atento, todo lo que pueda, todo lo que quiero decirte. Escucha.
La encontré, encontré perdida entre las páginas de un libro la maldita formula escrita en tinta roja.
Se cayeron todos los libros de golpe, sus páginas sueltas volando por la ventana, por el temblor que trajo el paso del tren. Las letras, canicas en el suelo, me hacían resbalar. Ínfimas canicas negras de plomo soltaban polvo gris sobre el parqué mientras yo trataba de atrapar las páginas sueltas, pájaros de papel por mi ventana abierta a las vias del tren..
Y ahí estaba, escondida. Nunca lo hubiéramos dicho, ¿verdad? Tan lejos y tan cerca. Con acariciar los lomos hubiera bastado para sentirla. Incluso ahora que mis dedos se arrugan y encorvan, la siento cerca. No te voy a decir dónde. Nunca. No.
¡Diez! Oigo el suelo crujir bajo su peso. ¡Nueve! No me perdonará, se acerca, huele a todo y a nada. A todo lo que hubo y todo lo que habrá. No me perdonarás.
Porque lo conseguí. Le robé. Le robé al tiempo sus horas, días y años. Encontré la fórmula que escribiste, hace tanto y hace tan poco, medio en serio medio en broma, con mi tinta roja.
-Esto es lo que buscas. Si eres capaz de descifrarla, tendremos todo el tiempo del mundo.
-Todo.
-Todo.
Un beso y la hiciste desaparecer.
Pero la encontré. La encontré y me pudo la codicia. Paré el tiempo y saboreé segundo a segundo para mí sola. Sabía a manzanas ácidas, a verde intenso. Primero fueron días. Luego fueron semanas. Llegué a vivir años sabáticos de un lugar a otro, tocando las aguas quedas del mar Pacífico. Muriendo de amor por el cielo de Bagdad. Riendo sola rodeada de pájaros quietos a medio despegue. Quietud.
Pero el tiempo dormía. Y el tiempo roncaba. Rompía la quietud. El tiempo… apesta. Cinco minutos. Huelo sus cabellos de brea. El tiempo. Desperté al tiempo.
El tiempo clavó sus ojos inyectados en sangre sobre mi rostro y enloqueció.
Desperté. Faltaban veinticinco minutos para las cinco, la hora en la que había conseguido pararlo la primera vez, cuando una repentina sacudida había derramado las letras sobre el suelo.
Ahora faltan dos. Me regaló veinticinco minutos para escribirte. Para pedirte que me perdones, amor, porque robé el tiempo para mí. Ahora todo se escapa, siento su aliento frío sobre mi nuca y me arrugo cada vez más, estoy segura de que sonríe. No quiero mirar atrás. No quiero, abrázame.
Pero es demasiado tarde. Suena, a lo lejos, el tren. El suelo tiembla. Los libros caen. Sonido de bolas de plomo contra el parqué. Las ruedas de metal sobre las vias. La sangre cae sobre mis hombros y mancha el papel, es de color terroso, canela, bronce, oro viejo, sus dientes, de marfil negro. Explosión de papeles en blanco. Cierro los ojos. El tiempo, me desangra el tiempo, amor. Escribirte, amor, por decirte…

-Palabras cesantes-

Y escribía,
y escribía,
y mi mano se iba.
No paraba, no cesaba,
en una espiral indefinida
las palabras surgían.

Se escapaban,
se volatilizaban en negro,
sus huellas,
su sombras,
su perfume
en hoja quedaban impresas.

Impulso incontrolable,
tacto grasiento,
grafía impecable.

Rezos ahogados por el crepitar
de la pluma carbón mate.

Sombrero hundido en media frente
alumbrada por bombilla 60w
que la sala iluminaba.

Y escribía,
y murmuraban,
el pulso no regía
las palabras la hoja se comían,
y luego, el sendero de líneas seguían.

domingo, 26 de octubre de 2008

Espero

Esperar, esperar, esperanza de espera con un ticket de autobús entre los labios.

Minutos densos: ilusión de segundos de paciencia ligera.

Esperar con un ticket en la boca.

5,60€ , 0,60€ de esperanza ligera

Lento, lento, lentamente l,e,n,t,o.

No quiero perder mis céntimos.

Párpados casi derrumbados sobre ojos decaídos. Casi. Casi ha pasado otro minuto y el ticket de autobús se humedece por culpa de un aliento casi desesperado.

Inspiro. Me inspiro. Espiro. Espero.

lunes, 13 de octubre de 2008

The last killers

Luz, negro, PUM, muerto, PEENG, vivo ¡Viva el amor! El ritmo explota. ¡Existe! Explota, existe, se expande, se estrella contra las cuerdas de una guitarra.

Estruendo y libertad.

Los buffles provocan un movimiento inconsciente, incontrolado, dentro, muy dentro. No se puede oir, no se oye, la fuerza de la locura obstaculiza el sonido chispenate. Ojos extasiados, éxtasis, ¡existe! Éxtasis en cigarros y locura en un teclado.

Pasión, pasión, intensa pasión, ¡bendita pasión!

PUM, PUM, PUM de fondo, discreto y esencial: básico. Es el ritmo de la música de fondo, la base de todo, no se oye: se siente. Pompeo incesante, inspiración acompasda PUM, PUM, PUM y acelera. Más deprisa. La guitarra se descontrola, una armónica se traga el teclado y PUM, PUM, PUM, PUM más rápido, más fuerte,más negro, más…

Silencio. Poderoso silencio se incrusta en las paredes. Parálisis, conmoción, nebulosa. PUM… PUM…. PUM…

¿Alguien gritó viva el amor?

The last killers

Luz. Negro. Pum. Muerto. Peeng. Vivo. ¡Viva el amor!
Un grito. Otra vez ese ser me posee, vuela entre mis hombros y me grita. ¡Oh por Dios! El amor. Que viva, pero viva lejos el amor. Ahora solo quiero hacerle caso y ¡luz! Negro. ¡Pum! Muerto, jajaja. Peeng. Vivo. Vivo para vivir, vivo para saltar, vivo para reír. A cada momento. ¿Y que viva el amor? Que viva, por Dios. Que viva, pero adiós.
Salta, ríe, grita, la multitud se mueve, los ojos inyectados en música, los pies saltando entre corcheas machacadas. Porque cada fogonazo de luz nos ciega, cada momento en negro nos derrumba, cada golpe de batería es una bala a nuestro cerebro colectivo. Todos uno. La guitarra se adueña del aire y nos manda una dosis de vida en vena. Peeng. Los ojos inyectados en música.
…Just one kiss before I die…Wow!!
Woooow! Before I die.
Pum. Peeng.
Before I die. Pum. Muerto.
!Viva el amor!

Boligrafoa eskuan

Eskuaren ostean, boligrafoa, boligrafoaren ostean zer? Boligrafoeran aurrean orri zuria, baina orri zuriaren atzean zer?

Beldurra

Misterioa

Ezer ez, zer edo zer, gutxi baina…

Garun eroa paperatzeko prozesuan

Xabi betiko txoko ilunean eseri zen, flexo ilun baten ondoan, argirik gabeko flexoa, bere begi ilunen antzerakoa, argirik gabekoa, melankoliaren hiru fokuren batzar nostalgikoa”

Boligrafoaren puntatik ateratzen hitz pare bat, laukote bat, hogei bat hitz haien artean josiak, kaos ordenatuan.

“ Hantxe zegoen bere nostalgiaren erruduna. Bere aurrean, hitzik bota gabe, harro-harro hari begira, imintziorik egin gabe. Neutral, beti bezala. Nola eman lehenengo pausua?Zer egin? Zer esan?Zer baina?”

Erraza da etsipenarekin aliatzea. Erraza baino, erakargarria nonbait. Horregatik gainditu behar da muga; zoramena eta errealitatea nahastea ekiditen duten harresi erraldoiak hautsi behar dira.

“Keinu batekin hasiko zen. Askotan hitzak komunikaziorako oztopoa baino ez dira. Eskua hurreratu eta kontu handiz fereka pare bat egin zizkion. Horren ostean bere ahotik ihes egiten zuen azken hasperena balitz bezala oratu zuen. Xuabe.”

Eta bat-batean lurrikara sentimentala. Hitz jario etengabea, irrazionala ia, eroa. Kontrolik gabeko perpausen segida. Zentzurik gabeko hitz talde erraldoiak. Puntuak eta komak solasaldiaren moderatzaile. Ideiak irudimenaren eta emozioen tintaz paperean gauzatuak.

Xabi idazten hasi zen: Boligrafoa hartzean kalanbreak sentitzen zituen gizon baten istorioa kontatuko dizuet.”

martes, 7 de octubre de 2008

-El viejo farero-


Cigüeñas de mar avitualladas con plumas de poliéster escarban el aire sobre la mar acuosamente pasada mientras esta se funde con un cielo verdosamente estrellado.

El farero, al borde del muelle donde zarpó el último barco que se hundió en las nubes de la montaña, avanza con los viejos pies descalzos a través del embarcadero como el hombre que atraviesa el tablón de un barco pirata.
Se detiene al borde de la última tabla con los rechonchos dedos de los pies suspendidos en el aire.
Una leve brisa corretea por encima de las olas y hace que su desgastado pantalón de pesca baile chocando contra sus cansadas rodillas.
Su pipa ilumina su figura desde lo lejos y su portentosa barriga se esconde tras su manchada camiseta interior por el frío de una noche de verano.
Su rostro muestra paciencia y su gruesa y arremolinada barba blanca enseña experiencia.
Allí, al borde del último tablón completamente inmóvil como le enseño su padre, nuestro guardián de los mares saborea el tabaco de su pipa lentamente bajo la oscuridad que le proporciona la recién salida luna llena.
Él, la mira durante un tendido rato sonriente como si estuviese hablando con una vieja amiga de fatigas.
Tras un breve silencio en su conversación sin palabras, nuestro viejo farero se quita la visera a modo de despedida.
Tras ello, vuelca la pipa y las cenizas del tabaco caen pesadamente sobre la mar dejando nítidas manchas que se esfuman lentamente bajo el sensual movimiento de las olas. Algunos pececillos se acercan y empiezan a picotear con sus carnosos labios sobre la superficie con la impresión de que la ceniza es comida
El farero, da media vuelta con la cabeza gacha y comienza la subida a su puesto en la fortaleza que hay en lo alto del desfiladero.
Mientras sube la empinada cuesta ruega al cielo para que la siguiente noche pueda volver a su encuentro con su vieja amiga como los últimos 50 años.
Saca de su bolsillo derecho una pesada llave que introduce en el picaporte de la puerta.
Sube los 118 escalones incluyendo el que tiene media losa de piedra rota, y entra en el corazón del faro, en el suyo propio. Se acerca al contador de la luz y baja la palanca para que todo empiece como cada noche desde hace más de 30 años.
La torre entera vuelve a la vida quejumbrosamente y la luz se enciende iluminando parte de la costa.
El viejo farero se acerca a su mesita y allí coge una lata de atunes en vinagre y se sienta en su silla de madera mientras ésta hace un ruido cansado. Él, sonríe ante la idea de que cualquier día las patas se romperán y él se caerá de culo contra el frío suelo de piedra.

Se reclina y saca un pequeño y grasiento atún de la lata. Se lo acerca lentamente con su irregular pulso y poco antes de metérselo entero a la boca, unas gotas de vinagre le salpican la barba. Lo mastica trabajosamente y se lo traga. El vinagre es muy fuerte y le entra la tos. El ataque tan solo dura unos segundos. Se agacha y deja la lata en el suelo.

Se apoya en el respaldo de la silla y se echa hacía atrás apoyando tan solo las patas traseras. Su arrugada mano llena de viejas cicatrices y callos y se pasa por la barba, rascando a esta. Se queda así durante unos largos dos segundos. De repente como recordando algo, salta de la silla y se acerca ágilmente a la mesita. Allí, abre un cajón y saca una cajita de metal con tabaco dentro y un viejo libro de tapa negra que se lo sabrá ya de memoria de las veces que lo ha leído. Este libro es su preferido después de El viejo y el mar.

Coge un puñado de tabaco y lo mete cuidadosamente en su gastada pipa.

Vuelve a la silla con la pipa en la boca y el libro bajo el hombro. Cuando se siente se revuelve un poco, intentando acomodar sus posaderas, enciende su pipa y abre el libro que tantas veces leído desde tantos años atrás. El libro empieza recitando una frase que le resulta un tanto difícil de entender pero, que siempre le ha gustado:

“Cigüeñas de mar avitualladas con plumas de poliéster escarban el aire sobre la mar acuosamente pasada mientras esta se funde con un cielo verdosamente estrellado…

sábado, 4 de octubre de 2008

Ideas

La lluvia cae como un jarro de agua fría

¡Despierta!

Me empapa el pensamiento,

las ideas se ahogan


¡Huye!

¡No!

¡Nada!

Agua


Una gota, dos gotas, tres gotas, un río

¡Cógelas!

Se escapan las ideas,

palabras al mar


¡Nada!

¡Todo!


Sol y calor,

ideas evaporizadas

Letras sueltas y el cielo, por fin en casa

Una nube repleta. Llueve. Un jarro de agua fría.

El perro salió de un dibujo a carboncillo

El perro salió de un dibujo a carboncillo. ¡Pobre chucho! Creado a trazos de noche sin Luna. ¡Pobre animal con alma de humo de cigarro! Nació entre la segunda y la tercera calada, en un rincón de un bar, en un papel en blanco de una noche sin Luna que abandonó en un suspiro de inspiración perdida. Un manchón en la Luna. Se escapó para buscar su mirada en la noche, con las orejas gachas, bajo una mesa, en un rincón de un bar, tras un cristal abierto a la noche oscura, negra, sin Luna. Dos caladas de alma entre sus trazos de amarga negrura. Dos como dos Lunas, sus ojos, en la noche sin mirada.Sus ojos perdidos en la noche. El cigarro se cosumía, quedaba una, sólo una calada para encontrar la mirada de una mancha a carboncillo. Su alma posaba sobre el cenicero ¡pobre chucho! Le quedaba una calada. Tras la ventana un borrón de nube negra se difuminaba, era la última calada, era la Luna, eran sus ojos, su mirada, su vida. Un cigarro murió en el cenicero y su humo dibujó un chucho con pelaje de noche oscura, ojos de Luna, orejas gachas y mirada con alma de humo de cigarro.

viernes, 3 de octubre de 2008

El perro salió de un dibujo a carboncillo


El perro salió de un dibujo a carboncillo. Puede que nosotros también. No somos sino una foto en blanco y negro, creación inanimada tomando café en un bar.
Pero el perro es de carboncillo, negro como el carbón.
Era de la época en la que él aun dibujaba a color. Los matices de los rayos de sol, los tomates recién cortados, las manzanas verdes, el azul del mar… todo eran explosiones de vida sobre la cartulina. Saltos, fiestas, primaveras, amores de verano y prados de hierba.
Pero el perro era de carboncillo, negro como el carbón.
Porque algo ocurrió en su mundo. Un cambio. Quizá un desamor.
De ahí nació Aiduru, de la unión de una noche negra sumergido en pensamientos negros y la pureza, el comienzo, de la blancura absoluta. Aiduru, negro y fiel perro labrador es tan negro como las cenizas de los dibujos a color.
Pero el perro era de carboncillo, negro como el carbón.
El blanco y el negro, folios, humo de cigarro y pasión.
Sus dibujos oscuros, profundos como aquellos primeros ojos de perro llenaban las paredes de una pequeña habitación. Hasta que, una noche de perros, la lluvia sobre el cristal y el dueño lejos, muy lejos del papel, Aiduru olisqueó uno de esos nuevos dibujos. Olía a su nacimiento, a humo de cigarro, a folios y a pasión. Intentó tocarlo. Al primer intento manchó la pared blanca de hollín con una de sus patas de terciopelo negro. Al segundo, metió el hocico en el mundo a claroscuro del papel. Y una pata. Y la otra.
Cuando el pintor entró en la habitación la cola negra de carboncillo soltaba hollín sobre la cama mientras terminaba de meterse en el dibujo.
Corrió. Corrió detrás de él para cogerlo y cayó, irremediablemente, a este otro mundo.
En un bar. Un bar en blanco y negro en el que no para de dibujar. Se sienta en una mesa y entierra sus ojos tras greñas imposibles mientras sujeta fuerte a Aiduru bajo la mesa. No se volverá a escapar. Los ojos negros del perro de carbón recorren los pliegues negros de mi chaqueta de cuero. Se relame. Bosteza y se sacude llenando el dibujo de su amo de motitas de hollín. Me miro la mano. Es blanca con manchas a carboncillo.
Como el perro que era de carboncillo, negro como el carbón. Negro de hollín.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Esa boca...

No puedo hacerlo. Tiene una boca enorme. No se ve nada ahí dentro. No puedo ver nada más allá de lo que su gigantesca boca me permite después de engullir parte de mí. Me da pánico siquiera acercar mi mano porque cada vez que lo hago me entrego casi totalmente a él. Siempre espera, quieto, impasible, con una serenidad que asusta en esa esquina entre dos calles que se cruzan. Es una locura aproximarse, casi un suicidio entre tanto coche, tráfico, ruido, caos, humo… y el semáforo, siempre ahí, tentador por ese rojo intenso que me invita a no cruzar la frontera entre seguir como estoy o regalarle otro pedacito de mí. Otra porción de mi tarta a veces amarga, otras dulce, las menos claro. Pero me entrego, me dejo seducir por su boca… su enorme boca de labios firmes, seguros de sí mismos, decididos… Decididos a saborear otra vez mi gusto a papel pintado con letras de una vida relatada envuelta por una manta protectora y con rumbo fijo. Siempre yo, con una dirección grabada en mi pecho, otra en mi espalda, simplemente yo, que me entrego a mi brújula de boca gigante. Pero es que es enorme, esa boca… tan profunda, tan honda… La puerta a la incertidumbre ¿y si no me acercase a ella? ¿y si permaneciera eternamente en mi manto de doble dirección? Siempre a medio camino entre aquí y allá…además, el semáforo está en rojo, hay mucho humo, mucho ruido y dos direcciones: una me lleva de cabeza a su boca y la otra me libra de regalarle un pedazo mi alma ¡mi alma es mía! El semáforo está en rojo y una alternativa me espera en esta misma acera. No puedo entregarme gratuitamente, prefiero que busque en otra dirección, la dirección al dorso, la que está al otro lado del semáforo en rojo, esperaré aquí mismo, no quiero que nadie saboree uno de mis bocados más dulces y menos esa boca giagante, esa boca de hierro, da miedo, me atemoriza…

En mi pecho: Paul Gordon Al dorso: R/ Al otro lado del semáforo

Wellington street 8

94563

London

sábado, 20 de septiembre de 2008

SsSs: Sounds and silence; silence and sounds

-¿Y bien?

- Quiero un café, el resto me da igual

-Bien

Silencio incómodo, como si el silencio pudiese acomodarse en un sofá de tercipelo granate. Silencio al fin y al cabo. Silencio y un perro estúpido, porque tampoco dice nada, es que es de peluche, no tiene nada que decir el pobre. Ahora es Álvaro quien habla y el Silencio se sienta en una silla de mimbre.

- ¿Algo más?

- Sí

- Te escucho

- Quiero palabras

Otra vez se ha levantado y se da una vuelta por la estancia. El Silencio, como de costumbre, se mueve con sigilo, claro, procura no molestar a nadie, pero siempre roza a alguien, esta vez ha sido a Álvaro, levemente pero lo suficiente. Se sienta ahora en el borde de la mesa, con actitud arrogante, todo bajo control. Álvaro mira fijamente a Laura.

- Palabras, siempre palabras. Estoy cansado.

- Lo sé

El Silencio se levanta repentinamente, el borde de la mesa es anguloso, es incómodo, mucho. Se interpone entre ambos, ahora es una muralla invisible. Pasan segundos, larguísimos y pesados, plomizos fragmentos de tiempo. El aire se ha vuelto tremendamente denso y el estómago se traga palabras indigeribles.

Otra vez con sigilo, deshace la muralla entre los dos y se aparta para coger una grata postura junto a Laura que comienza a hablar.

-Seré yo quien ponga en libertad las palabras que tanto cuesta pronunciar. Te quiero.

Y el silencio se deja caer en el sofá. Laura sobre él, Álvaro sobre Laura. Ya hay comodidad, silenciosa comodidad, satisfactorio cruce de palabras que se cruzan a continuación con besos y caricias y al margen, pero presente y al fin acomodado el sonido del silencio, los sonidos del silencio, “The sounds of Silence” en un tocadiscos.

jueves, 18 de septiembre de 2008

"n"

"Si a este número le llamamos “n”…nx4/7n-10= … oh por favor no me mires así. ¡Por favor, que me deje de mirar así! Nació cuaderno, ¿qué le voy a hacer yo? Nació criatura en blanco, cúmulo de historias por contar, la pureza del Big-bang …¿Y qué si he de usarlo para hacer matemáticas? Para llenarlo de números y operaciones sin sentido, sin motivo. Garabatos sin vida ni alma. No me mires así por favor, yo no elegí tu destino, no me mires así.
El número “n” venga, no es para tanto, “n” de nadie, “n” de nada. Nada, mira, cuaderno mío, lo contrario de todo. Como aquella niña de Nueva Delhi que apuntaba todo lo que veía en una libreta azul. Azul como el cielo que cubría los campos de trigo. Como el de la harina en la que se baña la luna todas las mañanas para estar blanca por la noche. La noche es tan oscura como los ojos del lobo. Y el lobo sonríe. Y la niña de Nueva Delhi lo apunta en su libreta azul.
Es cierto, sí, calla, los cuadernos están hechos para historias y versos. Para amor y poesía. Para llenarlos de historias. Para llenarlos desde el principio al final de desvaríos dementes, de esos de lo que se compone todo lo que es apuntado en una libreta azul. Para darles una vida, no una sucesión de números al azar. No para un cálculo que no servirá para alegrar a nadie ni para hacerle llorar de emoción. Unos números que no dicen nada. Ni aunque se llamen “n” porque son “n” de nada."
Pues nada.
Dejé de estudiar matemáticas.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

In Trastévere

Es el pintor de la piazza Navona. Ese chico anónimo, ese maestro del lápiz, aprendiz de la vida por viajes de mochila y café. En su mano tiene un don y en su mirada… en su mirada un bloc en blanco y un sueño: el dibujo perfecto, el rincón idílico de esquinas imposibles con hiedras cayendo por descascarilladas fachadas anaranjadas.

Sentado al pie de una fuente con estatuas barrocas que admiran su obra, él conduce su atenta mirada a esa callejuela encantadora y ve algo más. Son las notas que escapan de la melodía de un acordeón blanca, blanca y en la prejubilación, amarillenta. Tras ella, una mujer cincuentona vestida de negro le sonríe y le invita a gozar de una música encantada. Encantada porque es esa música, ese sonido avejentado y melodioso con sabor a poema el que le invita a dibujarla, su musa, la callejuela imposible. Poco a poco se adentra en ella. A la izquierda, una vespa verde oliva se deja caer sin mucha gracia sobre una farola que un día iluminó la Pizzería del maestro Don Giovanni. Al otro lado, una niña que mira pasmada a la acordeonista, deja que medio gelato de chocolate puro se deslice sobre sus inocentes manos de algodón y sin retirar la mirada del instrumento hipnotizador lame con pasión su preciado postre. Pero el joven pintor busca algo más y persigue por la callejuela ese poema con sabor a capuccino. Teclas, botones, café, leche y chocolate; un gelato y una melodía, una mujer encantadora de niñas, artistas y rincones.

Persigue las notas que trepan por la hiedra de la fachada desgastada. Está llegando, ya casi lo tiene. En el bloc en blanco ya hay ventanas de madera semi abiertas con rejillas por donde la música se cuela y vuelve a salir. La dulce canción parece alcanzar un punto álgido. La mano del pintor corre desesperada por huecos en blanco, por un amasijo de hojas de enredaderas y de ahí sigué adelante, avanti, siempre avanti en una callejuela del Trastévere. Está cerca del final de la calle, perdido entre rincones de generosa inspiración, pero no absoluta, porque eso aún está por llegar. Y llega, casi al final de la melodía, con el fuelle del acordeón apunto de alcanzar su máxima abertura, allí está. De nuevo ella. Entre sábanas de blanco impoluto reluciendo bajo el Sol de la ciudad eterna. Una mujer que envuelve sus cabellos en paneles de tela blancos, eternos, que cuelgan de un lado al otro de la laberíntica callejuela. Bella ragazza con enormes gafas de Sol cubriéndole gran parte del rostro y una mirada imposible de captar en la blancura de sus ropajes. Una mano, desesperada, armada de un lápiz mordisqueado y sin embargo al borde de la rendición, intenta atraparla en la exasperante blancura de un papel garabateado.

De pronto, la música cesa, las notas se escabullen entre las rejas de las alcantarillas y con una suave ventisca el misterio de unos ojos inexistentes, envuelto en su traje impecable desaparece. Su mirada, oculta bajo sus gafas, es absorbida por un haz de luz y el color sin color de unas sábanas del Trastévere. El color sin color de un papel que, en blanco, deja de ser garabateado en busca del rincón de la perfección, a la espera de nuevo de la inspiración que le dan las notas de una acordeonista encantadora de artistas y niñas que comen gelatos de chocolate.


martes, 16 de septiembre de 2008

-Domingo por la mañana-


Domingo por la mañana en la parada del bus. Todas las señoras impacientes, emperifolladas y embutidas en coloridos sombreros aguardan para sorprender en la misa del padre Jonson.

Se suben al bus aparatosa y ruidosamente y recorren la cabina antes de coger asiento desfilando como en una pasarela. Entonces entra ella. Desapercibida y bajita. Da los buenos días al conductor introduce la mano en su desgastado bolso y rebusca el importe exacto en moneditas para pagarle y se siente enfrente mío. Es tan bajita que no alcanza el suelo y sus pies cuelgan de sus sandalias. Me mira y me lanza una sonrisa de cómplice. Pelo revuelto y grisáceo arremolinado en un moño con una orquilla desgastada de color amarillo. Deja el bastón sobre su falda blanca. No lo necesita. Está llena de vida y se le nota pero, aún así lo lleva como complemento imprescindible para alguien de su edad y para que en el caso de que todos los asientos estén ocupados le dejen uno.

Siguen subiendo feligresas cada cual más llamativa y rocambolesca que la anterior. Ella lo observa con gracia jugueteando con las cejas Las repasa a cada una de ellas con la mirada y esos ojos negros con centro blanco. Esos ojos traviesos llenos de vida.
Sonríe y se le marcan las múltiples arrugas y pecas de la cara. Los dientes blancos como teclas de piano.

Cuando todas las señoras han cogido asiento y empiezan a parlotear y a gritar para poder escuchar su voz sobre sus propios gritos, la anciana me vuelve a mirar divertida ante todo aquello.

Mete la mano en el bolsillo de su blusa azul oscuro descosida y llena de bolitas y saca dos caramelos de color beige. Se come uno y me lanza el otro a mí. Se lo agradezco con una tímida sonrisa.

Su lengua empieza a darle vueltas al caramelo ruidosamente. Sus ojos como extasiados lo observan todo y sus pies se balancean alegremente en la nada. A ambos lados tiene dos señoras hablando entre sí. Ella inclina la cabeza sobre su hombro mirando embobada la llamativa pamela roja de una de ellas. Vuelve a mirarme con una amplia sonrisa de oreja a oreja.

La siguiente parada bajan todas las señoras velozmente para coger el mejor sitio.
En cuestión de segundos el autobús se queda casi vacío exceptuando al conductor, a la anciana y a mí.

La iglesia donde van todas, es alta, inmensa, con enormes vidrieras y tan ostentosa que casi hace daño mirarla.

La anciana arquea las cejas irónica ante aquella Torre de Babel. El conductor dice por los altavoces el nombre de la siguiente parada y cierra las puertas. La anciana sigue mirándome divertida, con su sonrisa de blancos dientes que parece que brillan en su cara de color llena de pecas, su zarrapastroso moño y su animada mirada.

El autobús se para frente a una pequeña capilla de escasos 90 metros cuadrados. Muy simple: Cuatro paredes con tejado y una cruz blanca en lo alto. Parecidas a las capillas de carretera de L.A. pero con honestidad. En la entrada un gran cartel negro con letras color bronce y usadas en la que se lee: Saint María church.

La anciana levanta las cejas dirigiéndolas hacía la capilla. Salta de su asiento enérgicamente y sus sandalias casi no hacen ruido al tocar el suelo. Se agarra del bastón y empieza a dirigirse lentamente ayudada por el bastón hacia la salida. Baja el primer escalón y se me queda mirando. Me sonríe de nuevo y se dirige costosamente a la capilla apoyándose en el bastón.

Yo bajo la cabeza inclinándola hacia mis rodillas y agito la cabeza con sonrisa de cómplice.

De los altavoces suena mezclado con el sonido estático el nombre de la siguiente parada. Las puertas se cierran y empezamos a movernos. La anciana me mira a la entrada de la iglesia apoyada sobre su bastón, sonriendo. Cada vez se va haciendo más pequeña hasta que se acaba la calle y giramos en la esquina y su sonrisa desaparece en la capilla de Santa María.

sábado, 13 de septiembre de 2008

Pétalos de rosa


“¿Qué menos que embalsamar los pétalos de la rosa muerta?”
Ida había desaparecido. Esfumado. Ido. Evaporado. Escapado. Ida, como siempre. Ida, para siempre. Sobre mi mesa, una nota:
“¿Qué menos que embalsamar los pétalos de la rosa muerta?”
Ida, ida. Maldito juego de palabras.
Sus ojos de hada, sus alas de gaviota en el corazón.
Se apareció ante mí, divina aparición, una noche de verano frenética. En el anochecer de mi vida, el mediodía de la suya, me dijo que creía no existir. Que no estaba segura. “¿Acaso fui?¿Acaso seré? Si existo, he de ser, pero ¿Qué soy?” “Eres una rosa” le decía yo.
Todos los días, todas las tardes, todas las noches, todos los mediodías “Eres una rosa, mi amor” Sonreía con sus ojos verdes de hada. ¡Qué hermosa era mi rosa!
“¿Y cuando marchitan las rosas?” preguntó un día, en su completa inocencia. Porque mi Ida era muy inocente, mi Ida era muy pura. “Nunca, quítate eso de la cabeza, vida, nunca”
“Oh” reflexionó un instante “Pero las rosas son efímeras” “¿Quién te ha dicho eso? Miente. Las rosas siempre viven para los que las amamos” Pero no conseguía convencerla. “Las rosas son efímeras” repetía. Y se encerraba entre sus pétalos de rojo terciopelo, escondía sus ojos verdes y callaba.
Un día dijo: “Si cortas una rosa, no durará más de una semana fresca. Si cortas una rosa está condenada a morir” “¿Ajá?” Yo escribía poemas, absorto en una vieja Olivetti azul. “Si cortas una rosa, no durará más de una semana fresca. Si cortas una rosa está condenada a morir” Decidí parar. “Tranquila, amor, a ti nadie te cortará” “¿No lo entiendes? Yo ya estoy cortada. ¿Acaso tengo raíces?¿Acaso tengo savia?” Me miró a los ojos. “Qué crueldad, haberme creado rosa y haberme condenado a morir. “
“¿Qué menos que embalsamar los pétalos de la rosa muerta?”
Ay mi Ida, ¿Dónde estás? ¿Qué has hecho? ¿Exististe de verdad? Ay mi Ida ¿dónde estás?
La olvidé. No fue sino una ilusión. Un último regalo de mi mente agonizante. La vida se me escapa y no me salen las palabras. Hay que ver que fantasías, una mujer que se creía rosa. Ida. Hay que ver, Ida.
Ahora, ojeo los últimos tomos de lo que queda de una enciclopedia...G…H…I..Id…Ida. De la enciclopedia salen volando pétalos de rosa, explotan pétalos de rosa roja aterciopelada. Cientos, miles, pétalos rojos puestos a secar.
Y huelen a rosa roja. Huelen a Ida. Huelen a lo que fue la vida.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Lluvia

Lluvia. ¿No la sientes? Lluvia…lluvia...llu...

La elle, suave,
como una gota,
cae
llu,
sobre un charco,
llu,
sobre los ojos de cristal,
ojos azules como el cristal.
Llu.
Cristal en las ventanas,
En esas ventanas mojadas,
mojadas de lluvia que cae,
cae, explota, salta y grita,
efusiva, hilarante, emotiva,
llorosa, triunfante.
Llu.
Suave.
Llu.
Cae
Suave

Lluvia. Cierra los ojos. ¿No la sientes?

martes, 9 de septiembre de 2008

Faroles/as

¿Dónde quedó el farolero que iluminaba las farolas de Barcelona? Esas farolas modernistas y sus faroles, claro. Sus enrevesadas columnas de hierro forjado con formas imposibles, pero pictóricas. Quiero tomar un café con ese farolero y conocerlo. Nick ya lo ha hecho. Él y su mochila se han sentado en un café del barrio gótico de Barcelona y su sombrero, con él, inclinado hacia atrás sobre su pelo rubio, rizado y desenmarañado, enrevesado como las farolas. Está hipnotizado mirando la farola, no no, es una farol, con ese traje indescifrable que lo sostiene a la pared, indescifrable, pero elegante. Le saco una foto al farol, porque Nick me ha llevado hasta él y de ahí a las farolas, las que invitan a pasear por la ciudad condal. ¡Eso si que es iluminación! ¿No era París la ciudad de las luces? Nick piensa en la Ilustración, y en el modernismo. A él le gustaría tomar un café con Gaudí, pero le pilla lejos, en el tiempo claro, porque ahora mismo está muy cerca de él, a escasos veinte minutos de la casa Batlló. Mira el farol y escribe en su cuaderno que le gustaría tomar un café con el farolero de principios de siglo, el que está lejos en el tiempo,pero cerca,es él quien ilumina las farolas de su historia en la que él toma un café con Gaudí. Yo, comparto el mismo sentimiento y lo anoto en mi libreta, mañana a las 5 de la tarde café con Gaudí en la plaza Trepi. Nick me ha visto sacar la foto y anotar luego en mi libreta. Las farolas no son de Gaudí, anota: mañana a las cinco cita con la fotógrafa en la plaza Trepi.

El chico del sombrero dio un sorbo al café. Volvió a mirar la farola, no no, el farol, y se echó aún más atrás el sombrero. Luego anotó algo en su libreta y corrió a la plaza Trepi dejando su mochila en el café.

Ella, plasmó en una fotografía todo el sentimiento que puede llegar a transmitir el hierro de una farola, no no, el de un farol. Yo desde mi ventana, la vi, vi como se confundía con su luz y de pronto desaparecía. Corrí.

De pronto me encuentro en la plaza Trepi bajo la luz de una farola, no no, de un farol. Giro y detrás de mí hay un hombre, con sombrero a lo Frank Sinatra. Me comenta que ha quedado para tomar un café con Gaudí, se pregunta si me apetece acompañarles. Me gusta el café y me gusta Gaudí. Me encantan las farolas de Barcelona.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Un zapato en la vía

Hay un zapato, una sandalia, muerta, entre dos vías de tren. Una. Sólo una. Muerta. Entre dos vías, entre dos vidas. Dos vidas que se cruzaron en dos direcciones. Una quería la Luna, la otra, se conformaba con el mar. Dos trenes que se besaron una noche de verano. Trenes que bordean el rostro de un reflejo de Luna.

Hay una sandalia en el mar, al otro lado de las vía. Sólo una. Una sandalia viva que respira rayos de Luna y que todas las noches hace el amor con ella, con ella y con el mar. Es la sandalia que un día se enamoró de un beso, de un beso de dos trenes con caminos opuestos, paralelamente opuestos.

Y las comas, pipas de girasoles

El andar de caminos andados. Un mapa trazado aún por recorrer. Un trazo de bolígrafo invisible y soñador es mi guía por carreteras uniformes, frías autopistas con desviaciones programdas. A ambos lados, los campos de girasoles. Al frente, esa estrella amarilla que a mi lado pinta girasoles puntillistas. Ese astro inalcanzable para el que no hay camino. Llegaré pronto ya.

Entre los girasoles y mi soledad un quitamiedos imbatible fabricado con guardabarros de bicicletas de los que abandonaron su camino. Su camino recorrido por kilómetros repletos de pisadas pisoteadas, huellas remarcadas, reandadas.

Sólo son guardabarros de bicicletas, las guías del cateter que corre por mis venas de viajero sin rumbo, pero con viaje, con viaje trazado sin rumbo. Mi cateter me envía sin demora a mi destino pactado. ¿Pero qué pasa? Mi destino, mi otro destino, el soñado, el inalcanzable, se escabulle entre las nubes para hacerme la promesa de cada tarde. Se mofa de mi mirada y juega con ella para mostrame su rostro más dulce, sus pinceladas de naranjas rosados y amarillos anaranjados en algodones de azúcar que se alinean paralelos de cara al horizonte y me dan la espalda. Y cuando desaparecen, al fin, la tierra prometida, esa orgía de estrellas picaronas de mis negras noches azul marino en veranos gélidos. Gélidos por las guías de guardabarros, las guías que me impiden catar las pipas de mis girasoles puntillistas. Los pintaré el día que mis estrellas los iluminen. ¿Pero por qué no ahora?

Acelero, siento la velocidad en mi cabeza, el corazón se acelera al mismo tiempo. Giro. ¡Crash! Lo he hecho, he abrazado el quitamiedos. Ahora ya lo puedo ver, mi cielo de estrellas y girasoles. Y ahora sí, de nuevo la luz, pintora de girasoles, pero esta vez al otro lado, por fin al otro lado.

domingo, 7 de septiembre de 2008

África, a la de seis


La pistola tenía seis balas, ni una más ni una menos. Como cuando me levantaba a las seis de la mañana y llegaba a la cocina en seis pasos y me comía seis galletas, ni una más ni una menos, de un paquete de dieciocho. Tres veces seis. Seis. El número perfecto, el número armónico. El número del orden.
Y ese dolor otra vez…
¿Por qué?
Ese dolor palpitante que me prohíbe caer en el agujero negro de los sueños y me lleva una y otra vez…
¿Por qué?
Una y otra vez a aquella noche, a la lluvia, a sus labios que susurraban…
¿Por qué?
Susurraban dos palabras en el silencio incómodo de la noche, entre los truenos y rayos, dos palabras: ¿Por qué?
Conocí a África en un bar al azar entre otros tantos bares, en una barra igual que otras, una cerveza como otra cualquiera. En una ciudad nueva y clónica como todas las demás. Solo ella la hacía única. Ella. Y nadie más. Ella llenaba de negro y rojo las noches de tormenta, que en aquella ciudad eran todas. Tormentas de verano, de invierno, huracanes, ventiscas. Pero lluvia. Siempre lluvia y humedad y los mismos bares, la misma gente, la misma voz. Pero África. África y sus ojos profundos, su mirada mística. África y sus cabellos de azabache. África y sus labios de rojo de pasión. África salvaje. África indómita.
¿Por qué?
África tenía seis letras, como el nombre del bar, La Tira, o esas malditas dos palabras: “Por” y “qué”. 3 + 3. Seis. Ni una más ni una menos.
África tenía seis razones para acabar con todo: 1. Las cláusulas de un contrato mileurista le cortaban las alas de raíz. 2. En su piso casi no entraba luz. Era un primero y no tenía sitio desde el que mirar a las estrellas. Solo a los demás edificios grises. Una vida sin estrellas no merece la pena, repetía. 3. Le quería. 4. La engañaba. 5. Lo sabía. 6. Ella quería odiarle pero no podía.
África me había pedido seis veces que lo hiciera. Ni una más ni una menos.
Si hubiera sido una más, me lo hubiera tomado a rutina. Si hubiera sido una menos, a decisión poco acertada del momento. Pero fueron seis. Y de la misma forma que siete galletas por la mañana hubieran sido demasiadas y cinco demasiado pocas, tuve que hacerla caso. Tuve que apretar el gatillo.
Yo le había dicho que la quería. Seis veces. Que la amaba. Otras seis. Pero ella sonreía y me acariciaba, triste, la mejilla. Sus ojos estaban, entonces, lejos. Como su alma, como su corazón.
Por eso, una tarde de Junio, a las seis de la tarde, revisé las seis balas y me guardé la pistola.
Paseamos hasta el parque, me miró, la miré. Empezó a llover. La besé. África, a la de seis. Disparé el arma directa a su corazón ausente y de sus labios, rojos de sangre ahora, rojos de muerte, salieron seis cuchillas que se clavan en mi cabeza todas las noches. Seis letras.
¿Por qué? Oh Dios, África, cómo puedes haber sido tan cruel de preguntarme encima por qué.

martes, 2 de septiembre de 2008

Se me olvidó dormir

Se me olvidó dormir. No como se olvidan las llaves en un cajón, desde luego, ni tampoco como se olvida, siempre por interés, el olor de una carta. A mí se me olvidó dormir de forma que, por mucho que lo intentara, era incapaz de corresponder a Morfeo en el lecho. Como quien olvidase andar o respirar. Como quien olvidase amar, al fin y al cabo.
El caso es que, con Morfeo descorazonado y un gorro de dormir en el pelo, abandoné las sábanas, mi cuarto y mi casa.
Era una hora curiosa, esa en la que aun no han puesto las calles y una bruma negra inunda tal que un río en extrema calma el espacio entre edificios, esa bruma de los sueños rotos, de los sueños que caen y caen y caen por su propio peso. Sueños de plomo. Sueños revestidos de negro plúmbeo.
Ante mí circulan gondoleros oscuros. Las farolas derraman la luz sobre sus nucas y sombreros, ignorando sus rostros. No son sino borrones de tinta, se derriten bajo la luz y gotean una y otra vez sobre la bruma que, con calma, bebe de ellos y se engrandece. Inunda. Inunda los ojos, que ya no ven las islas que son los jardines, ni las barcas ni las torres de civilización acomodadamente creciente, con ese punto de esperanza con insomnio asomado a las ventanas.
Pero yo me puse mis gafas de buceo y encontré, flotando, un sofá negro y rojo que alguien habría tirado u olvidado, seguramente, tras ver las estrellas; esas mismas estrellas que flotaban sobre mi cabeza mientras las revisaban los de mantenimiento. Son bombillas pintadas de blanco, azul y amarillo, luces de navidad agrupadas como lo estarían las letras en la palabra “azul” o “sol”. Inseparables. Como un cuadro puntillista. Como ella y él. Unidos por cables invisibles pero indivisibles. Invisiblemente indivisibles.
Me senté en el sofá con cuidado, con las manos aún en el portal no fuese a ser que me cayera a la oscuridad y acabase en algún sitio donde no supieran de la existencia del café au lait.
Y emprendí mi viaje, chocando una y otra vez con alguna estrella más baja de lo establecido por e Sindicato de Mantenimiento Estelar (el famoso y revolucionario SME) y mirando con curiosidad le interminable escalera que parecía verse desde cualquier parte: la escalera al andamio eleva a los limpiadores del turno nocturno hasta los cráteres del disco lunar que, con un radio de 26 metros, reluce como la plata colgado de un hilo de pita.
Me crucé, a la entrada de la ciudad, con un curioso grupo de peones, máquinas como las de recortar las melenas de los jardines entre las manos y gorras verdes tapando los rostros.
-Se nos ha estropeado la máquina.-dijeron, inexpresivos.
De los aparatos caían adoquines, baldosas y cemento en pequeñas erupciones volcánicas y quedaban flotando en la nada, cachos de calle en el infinito. Comenté que debería ser divertido volar en una de esas, pero nadie respondió ni hizo ademán de vivir o existir al menos. Asique seguí mi camino y salí de la ciudad.
Y no volví.
En este mensaje en que mando en esta botella de agua que encontré flotando, pido, por favor, a quien la encuentre, que se despida de mis amistades, de mi musa y de mi mundo. Que les diga que estoy bien. Que aquí el tiempo no pasa. Que soy feliz viajando entre las estrellas en un sillón de cuero rojo y negro.
Pero también pido que, por favor, intente ponerse en contacto conmigo, lanzando una botella al infinito o excavando en las calles hasta encontrar esa bruma, esa nada de los sueños oscuros, y me diga cómo se duerme porque, a mí, se me olvidó.
Ahora, tiraré esta botella al vacío.

lunes, 1 de septiembre de 2008

-Cacahuete bis-

Me mareo en la cama por el peso de la sábana. Un largo pasillo con cielo estrellado por techo y cuadros de tristes payasos derritiéndose colgado en las paredes. Al final, una mesilla de mediahora con tres patas de gato (cola incluida) con una nota:

“Pistola de elefante reza la canción y Turú hace al ser disparada asemejando a una trompeta.”

Cacahuete bis…Esa palabra… Cacahuete bis… Se repite tras la deliciosa desaparición de razón. Cualquiera no lo entendería y mientras, nadie se rascaba el ombligo pero, con este montón de cacharros sinsentido y palabras obtusas no hay espacio donde acaben ni cabeza en la que quepan.

Abro la chimenea porque hay corriente y entro al parque por el desagüe. Cacahuete bis. Bis igual a redoble. Redoble de cacahuete. Como cuando te fusilan. Redoble y Turú. Es una extraña sensación la de ser fusilado.
Paseo un rato y una excavadora devora a un niño. Sigo paseando. Para que luego digan que estar colgado es un peligro. Al menos yo hago algo en vez de estar colgado en esa percha del armario empotrado junto a esa camisa hawaiana tan horrible… Cacahuete bis… Redoble de cacahuete… Cacahuete bis… Redoble… bis…cacahuete… Turú. Y muerte por pistola de elefante

sábado, 30 de agosto de 2008

4 letras y algo más

Es una palabra dura. Ni siquiera es bonita. Por eso, cuando por primera vez me topé de frente con ella no me paré a saludarla, porque es difícil de conquistar. Hay quien opina que aparece en la vida de uno nada más nacer. Discrepo. Se da a conocer ahí dentro, en las entrañas de la persona a la que nos presentaron un día como Madre. Otra gran palabra, de las de podio. Es curioso cuando uno repara en que tan sólo eliminar una letra de madre y sustituir otra bastaría para completar el vocablo al que me refiero. En absoluto considero que sea un hecho meramente casual.

Fue una tarde de verano. A decir verdad, no me di cuenta de su presencia hasta varios días después, cuando en el metro dejó verse con todas sus letras. Me asusté, al tiempo que moría de placer. Lógico, no hay lugar más adecuado que el metro para que una palabra de esas características comience a formar parte de la vida de uno.

Poco a poco, sus letras fueron tomando una forma más llamativa, atrayente, y el miedo inicial se convirtió en un pánico seductor, casi adictivo. Con el paso del tiempo la obsesión empezó a nublar su atractiva forma y su caligrafía se tornó una seguida de letras mucho menos inocente con traces puramente seductores, le faltaba magia, pero había ganado en poder de atracción, me enganchó, me atrapó y fue costoso escapar de sus garras de caricias excitantes. Ya al madurar y muchos años más tardé, sin perder la intensidad que la distinguió desde un principio, adquirió un tono tierno y apacible y con la seguridad que se gana con el tiempo, tuve el valor de escribirla en una carta que se perderá en el metro, una carta que coloca la palabra que me persiguió durante toda mi vida en el lugar donde le corresponde Estimado Amor:

Too much coffee

Nono entra todas las mañanas en el Café Gijón de la Castellana. Todas las mañanas, apoyando en su bastón sus arrogantes dieciocho lustros reflejados en las dieciocho muecas que él mismo talló pensando que así todo el mundo le creería cuando dijese su edad. Su consumición: un café solo y el periódico, es lo que el camarero le sirve en cuanto ve su encorvada silueta refunfuñona asomarse por la puerta del Café mientras con sonrisa casi burlona le suelta un “Buenos días Don Antonio” Y es que Nono simpre ha sido para todo el mundo Don Antonio, el distinguido abogado, para todo el mundo menos para ella, la mujer de la fotografía junto a la mesa de la esquina derecha del café, la mujer por la que suspiró en sueños y despertó en suspiros. Por eso todas las mañanas vuelve Nono al Café Gijón y clava la vista en una fotografía que a simple vista no es más que el recuerdo en sepia de ese mismo Café, el Café Gijón de Nono, y una foto borrada por dieciocho intreminables lustros.

Por la imagen amarillenta de un Madrid de la posguerra si uno se asoma bien, puede llegar a un Café donde con olor a tejados azules grisaceos le servirán un bohemio café au lait. Se trata del Café Madamme Clochard allá donde comienza o muere, según se mire, la Rue du Calvaire, famosa y sin embargo discreta pendiente del barrio de Montmartre cubierta por una escalinata con una farola raquítica, pero firme, cada cinco o seis peldaños. El Madamme Clochard esconde un indescifrable misterio. Dicen que en su interior las mujeres de rojizos cabellos ondulados de unos carteles del peculiar art nouveau de Alphonse Mucha robaron la mirada enamorada de la joven Pauline en décimo octavo cumpleaños. La chica de zapatos rojos y falda azul tristón, como los vestidos de las musas de Mucha, resbaló en los peldaños de la rue du calvaire al quedarse mirando con especial atención un gorrión que había hecho su nido en una de las farolas de la calle del calvario. El gorrión, de nombre Julien, le recordaba al hombre que un día le descubrió el arte de amar.

Y es que subiendo por la torpemente iluminada escalinata de la rue du calvaire y siguiendo siempre la mirada fija de los almendrados ojos marrones de las musas de Mucha se llega facilmaente a La Iguana, Café éste también y lugar de encuentro de dispares persanjillos de una futura urbe, si Dios quiere, con ambiciones cosmopolitas. Carmen sabe bien que lo mejor de este lugar son sus mesas de aluminio colocadas en la parte exterior junto a la puerta de entrada. Desde allí puede vigilar facilmente a Pintxo, el perro de un hombre de melana de plata gastada atada en una coleta más por comodidad que por sentido de la estética ya que hace más de veintiseis años que no se cambia de pantalones. Carmen no quiere que el mugriento can de ese hombre que se hace llamar Dodó engulla la comida de sus gatos callejeros. Tanto Carmen como Dodó, miran con una esperanza que sin dificultad enontraríamos en la oficina de objetos perdidos, el enjambre de tejados que se extiende a sus pies al fondo de un cantón en el que un sofá de terciopelo que en su día presumía de rojo carmín les invita a sentarse. Pero hoy, como cada tarde, ninguno de los dos osará perderse la maravillosa puesta de sol que se divisa desde el Café La Iguana. Carmen se despintará sus cejas de Edith Piaf pelirroja frente al espejo rayado de su apartamento en el Casco Medieval de la futura metropoli mientras con aire melancólico con sabor a café solo observará la foto de aquel hombre de ley que un día la quiso besar. Dodó, por su parte, jamás tendrá la valentía de bajar el cantón, sabe que aun precipitándose por él y rompiéndose la crisma poco a poco a golpes contra sus baldosines no recuperará lo que un día un gorrión con ínfulas revolucionarias le robó.

jueves, 28 de agosto de 2008

Carteles


La metropoli a las 6 de la mañana. Un hombre y su gorra de baseball verde pegan carteles.
Los carteles rezan: “¿Alguien ha visto a este hombre? (foto) Se llama James Dameson. Cualquier información llamen al…”

Un mes después misma hora. Mismo lugar.
Los carteles dicen: “Urgente. (foto) Cualquiera que haya visto, haya creído ver o tenga alguna información sobre James Dameson, llame rápidamente al…”

Un mes más tarde. Mismas circunstancias.
Los carteles chillan: “Cuestión de vida o muerte. (foto) ¿Sabe alguien algo de James Dameson? Llamar al…

Un edificio de la metrópoli. 6 de la tarde. James Dameson se quita la gorra de béisbol, deja la cinta aislante y mira al teléfono con desengaño. Espera. Suspira. Abre el cajón. Abre la boca y aprieta el gatillo.

Silencio. La metrópoli duerme.

Caos

CaosCaosCaosCaosCaos. Las hormigas nadan por mi cama que de azul es un mar, un océano. En él un arca, un libro, un último reducto de letras en el infinito. Veo la ventana, el mundo. Edificios grises modelo Standard. Criaderos de autómatas y suicidas indecisos. CaosCaosCaosCaos. Odio esas moles grises tras mis cortinas de lluvia.¡Árboles sean! Gruesos árboles, rugosas cortezas.
Juneprus Dios de la vida salvaje,¡Mira! Los pájaros negros afilan sus picos como los guerreros sus espadas al alba. Shap, Shap, Shap. Ante ellos, el campo de batalla. ¡Bruma!¡Niebla! Tragad esa llanura maldita. Batalla inútil, hermanos contra hermanos, sangre contra sangre. Batalla inútil cuando ya se conoce vencedor. ¿Verdad? Tez pálida, media sonrisa de roja insolencia se asoma maliciosa bajo su sombrero de ala de cuervo. Shap, shap, shap. Sonrisa torva de luna llena, arroja una mirada a una ventana. Mi ventana, el mundo, se sonroja y me mira. Y, en mi mente, CaosCaosCaosCaosCaosCaos…

jueves, 31 de julio de 2008

-Atrapado en el reflejo de un pensamiento-


Una silla me observa e intenta leerme la mente. Lo lleva claro hace tiempo que deje de pensar. La lámpara me ciega con su tenue luz y el sofá me engulle lentamente. Mi pluma garabatea sobre papel cuadriculado algunas sandeces como estas y el piano hace sonar unas manos en el aparato de música. La marea sube y baja por las escaleras y yo le digo que pare con la mirada ya que, estoy esperando. Espero a que en esta hora crepuscular aparezca una musa que a precio razonable me venda inspiración embotellada pero, eso resulta difícil porque todas ellas murieron y tan solo queda su reflejo en las estrellas de octubre. La televisión atrapa en su interior a un hombre delgado y con patillas y un cuaderno de tapa negra y su pluma granate que me observa con la corazón partida mientras sus ojos chillan:
- Sálvame, no me dejes a solas con ellos.-
Yo bajo la mirada a estas líneas. Me da un poco de pena pero, ellos saben que ya no puede salvarse y que es cuestión de tiempo. Entonces, el hombre del televisor se levanta y se va. Yo me quedo viendo como yo soy el reflejo de ese hombre, el atrapado y mis ojos mientras tanto, empiezan a chillar:
-Sálvame, no me dejes a solas con ellos…

miércoles, 30 de julio de 2008

Lógica aristotélica

Un día cogió el mundo y se lo metió al bolsillo. Luego cogió la cartera y la tiró por la ventana. Por lo visto, le cayó encima al perro de una pobre señora que pasaba por allí. El perro se murió del golpe y la señora del susto, si bien algo tuvo que ver el chute de heroína que llevaba encima.

Con el mundo en el bolsillo salió a explorar lo que había ahí afuera, pero no le convenció. Era mejor quedarse en casa comiendo crêpes con chocolate y nueces.

Al día siguiente, cogió la cartera y se la metió al bolsillo. Luego cogió el mundo y lo tiró por la ventana. A continuación salió él. No encontró crêpes con chocolate y nueces en ningún sitio.

Al tercer día, dejó el mundo y la cartera en su mesilla de noche. Luego cogió su bolsillo y se tiró por la ventana.

Petit Point


- ¡Aurelio!

-…

-¡Aurelio!

-…

- ¿Es que no me oyes? ¡Estás sordo como una tapia Aurelio!

Ojalá lo estuviera

- Nos estamos haciendo viejos Aurelio

Somos dos vegestorios Fernanda

- ¡Aurelio!

¡Por Dios! ¡No cerrará esa bocaza!

- Voy por el pan Aurelio ¿quieres algo?

Una mujer morena de veinte años, con ojos negros y cabellos rizados, y que sea muda, por favor, sobre todo que sea muda

- Aurelio. Te he preguntado a ver si quieres algo. Voy por el pan.

-…

Por fin se ha ido. Cómo amo el silencio y cómo la amaba a ella. No a Fernanda, claro, a Fernanda siempre la quise, tampoco sé exacatamnete por qué, pero a ella la amaba.

Me gusta mirar por la ventana y ver, de vez en cuando también veo, a pesar de mis cataratas, glaucomas y unas cuantas palabrotas más. También la veo a ella, en mis recuerdos claro, y alguna tarde se sienta en el banco del parque a hacer medio punto. Pero no ha venido, estará atareda.Murió hace algunos años. Era una chica delicada y flacucha, por eso bordaba cuadros de Monet, de Petit Point, como ella lo llamaba. Algún día tengo que bajar al parque, en bata, yo solo no me puedo vestir y le sostendré los hilos. Le pintaré cuadros de Petit Point.

-Aurelio…

- ¿Rosa? Rosa ¿qué haces aquí? Rosa…

- ¿Aún pintas?

-Sí, Rosa, sí… a pesar de mi par de fósiles inválidos por la artritis aún lo hago. Vámonos al parque, te pintaré un cuadro, el más bello cuadro para Petit Point que jamás hayas bordado. Pero espera, espera, he de dejar una nota a Fernanda, un momento.

FERNANDA:

HE IDO POR EL PAN

-Sí, sí como lo oís, ayer salió por el pan y allá se lo encontró a la vuelta, seco, más seco que el palo de un caparrón, ¡pobre Rosa! Sí, sí el funeral es a las ocho sí, aunque no creo que vaya la Rosaura, ya sabéis que no se hablan desde hace años, por la herencia dicen… Por lo visto él había perdido la cabeza con el Alzheimer y el hijo mayor no se quiso hacer cargo y claro la Rosaura… normal. Hasta llamaba Fernanda a la pobre Rosa, imaginaos ¡vaya cuadro!

Rosa borda cuadros de Petit Point mientras mira por la ventana. Pero no ve, no ve a Aurelio en el banco del parque, pintándole sus cuadros, más bellos que los de Monet. Es tarde ya, el reloj de cuco le avisa de que ya es hora de ir a por el pan.

Pájaros en la cabeza


Sergio Bolivar retiró una pluma negra de su oreja y apoyó en la hoja en blanco su bolígrafo bic azul.

“-¡Hagámoslo pues!
-¿El qué?
-Arte.
Todo comenzó con un rasgueo simpático de violín. El gran bigote del músico aleteaba feliz mientras daba a luz a una nueva melodía, rítmica, sensual y cíngara.
-¡Síguela!
Y al violín se unió, confuso al principio, el vozarrón de un chelo.
Tapaban los dos amigos el sonido de la pradera con su son pícaro y desenfadado, haciendo ignorar el sol insistente, el hambre y la infinidad del camino que se perdía hacia delante entre colinas y árboles.
Lo recuerdo tan nítido… era primavera, era Rumanía y era 2003. Fue la primavera de la eclosión. La eclosión de los huevos, por supuesto.
Nunca supe de qué eran, la verdad, y nunca lo sabré. Solo sé que desde entonces estas criaturillas no hacen más que hacerme echar plumas por las orejas cada vez que oigo aquello de “tú no tienes más que pájaros en la cabeza.” ¿Y qué? ¿Lo negué alguna vez acaso?
Ni siquiera aquella vez que compré el minibús o decidí irme de vagabundo por todo el mundo. Nunca después de aquella gira.
Yo, con mi humilde viola, pegado a un violín rumano y a un chelo kazajo mientras íbamos de pueblo en pueblo tocando un par de canciones correctas, cobrando poco y bebiendo mucho.
Entonces fue cuando se nos averió la furgoneta en mitad de una carretera comarcal y el ánimo se nos quedó tan apagado como el motor.
Estuve maldiciendo mi mala fortuna hasta que la voz aguda del rumano entonó un solemne y rimbombante “Hagámoslo pues” y todo empezó.
Con la música comenzaron a eclosionar esos huevos que un día mi hermano mayor dejase en mi cabeza por la oreja, como una broma, pero que yo siempre supe que seguían ahí. Y como siempre supe que seguían ahí tuve mucho cuidado de no golpearme la cabeza con fuerza o hacer movimientos muy bruscos. Huevos bien, pero tortilla, no señor. Siempre odié la tortilla.
Como iba contando, los huevos eclosionaron gracias a la calidez del arte y, aun condenándome a echar plumas y desperdicios varios por las orejas desde aquella fecha, me cantan en los amaneceres y los anocheceres y me mantienen despierto con su continuo jolgorio de pajarillos.
Aparte, son fáciles de contentar. Se conforman con un par de libros de poesía al año y música variada.
¿Y por qué recordar todo esto ahora? Pues porque presiento que dentro de poco querrán echar a volar…”

Sergio Bolivar dejó el bolígrafo, y, cansado de la vida y de su espalda a sus 98 años de edad, se echó a dormir.
Eran las doce de la noche cuando de su boca salieron tres hermosas golondrinas negras que escaparon por la ventana.
Cuando le intentaron despertar al día siguiente, el alma Sergio Bolivar había echado a volar.

Ella, la 3011

Ahí lo tenemos un bote a la deriva, con un marinero. No, no. Ahí lo tenemos, un marinero a la deriva en un bote, su bote.

Allá arriba un millón de estrellas y el universo.

Entre aquí y allá la Luna y su reflejo, narcisista donde los haya. Ambos.

Y oculta, escondida en la negrura iluminada por astros nocturnos Ella. Esa estrella que parpadea con picardía, la que le guiña el ojo atrevidamente y luego se esconde. La que el marinero desesperado busca y no encuentra, la que encuentra sin buscar, la que quiere atrapar en su red, la estrella 3011, la única y verdadera, pura, escurridiza, misteriosa. La que le imnotiza, responsable de sus noches de insomnio y su malnutrición.

Por Ella, luchó contra viento y marea y por fin robó la luz del Sol que guarda ahora en una lata de sardinas (su última comida, hace cien años y tres días, cuando partió en su busca) Su objetivo, ese faro parpadeante en un universo remoto. Inalcanzable tal vez.

Una noche de verano salió a pescar algo, algo así como un reflejo de Luna. No tuvo éxito. Quiso luego hacerse con un millón de estrellas, pero la 3011 se le resistió. Entonces la vio por vez primera. Pidió ayuda a la brisa, pero ésta se limitó a silbarle en el oído y coquetear con él. Fue cuando comenzó a perder el norte, y el sur, también el este y el oeste. Era el momento perfecto para consultar su brújula. Fue ésta quien le dio la idea. Señaló hacia arriba. Allá arriba. Si no conseguía atraerla a sus redes, si a partir de la 3010 las estrellas se le resistían, tenía que subir. Tenía que acariciar el cielo con las manos, seducirla poco a poco. Necesitaba un suculento cebo. Podía incluso ofrecerle una rayo de luz, el más potente, y convertirla así en la más brillante de las estrellas. Aunque pensándolo bien, él no quería eso, quería seguir jugando al escondite, no quería que destacara, no quería maquillarla, Ella era bella por su coqueteo, sus guiños, su aura misteriosa, sobre todo por eso, su misterio

El pobre hombre, pobre no por falta de riqueza (poseía ya 3010 estrellas), si no por anemia de sueños cumplidos, lo intentó. Negoció con las olas más poderosas y luego con el viento huracanado para ganar en altura, incluso con los maremotos. Éstos le hablaron de un amigo japonés, él podría ayudarle, pero fue en vano. Su bote construido con resistentes latas de refresco y dirigido por remos de cartón no era lo suficientemente aerodinámico como para alzar el vuelo. Necesitaba una fuerza más brutal.

Preguntó pues a la noche, esa musa elegante que de vez en cuando se paseaba entre las estrellas y el mar intentando seducirlo con su traje de gala. Pero sólo consiguió un ataque de celos que lo ocultó en la niebla durante tres años y diez meses. Cuando la noche reaparació con su elegancia habitual, menos enojada ya, le sugirió que acudiera a la oscuridad. Y así lo hizo. El poder de esta última era mayor y por eso quiso recompensar al marinero. Le ofreció su estrella. La tendría, Ella, sería suya, por fin, y todo por una lata de sardinas. Era el precio que debería de pagar el marinero a una oscuridad ya cansada de tanto trabajar. Y él lo hizo, pos supuesto, cogió su lata de sardinas y se la dio sin rechistar porque la tendría, por fin sería suya, la centelleante inimitable ladrona de su amor al mar.

Así es como desde entonces, si miramos al firmamento en las noches de verano, tras la bruma densa, divisamos siempre bajo una estrella incesantemente parpadeante un marinero ciego, a la deriva, en un bote sin más rumbo que el que dirige la estrella que se refleja en sus ojos. Ella.