jueves, 17 de diciembre de 2009

JUANA

Conocí a Juana una mañana de domingo, a esa hora en la que una se ve obligada a desayunar a pesar de todo lo que haya podido acaecer la noche anterior. Con telones de legañas verdosas en los ojos me fue bastante complicado distinguirla entre tanta blancura matinal, pero en cuanto la vi, a pesar de mi dolor de cabeza residual, no tardé en adivinar qué es lo que había ocurrido.

Abandoné la cucharilla sobre la encimera y mientras observaba absorta su cadáver me dispuse a hilar la secuencia de acontecimientos que habían concluido en semejante final trágico.
Juana, como cada día, habría abandonado su hogar para cazar algo que llevarse a la boca, igual que yo, pero sin dolor de cabeza. De camino por la encimera, probablemente habría decidido aventurarse a lo alto del armario a ver qué podía encontrar por allí. Al fin y al cabo la encimera a primera hora de la mañana raramente conserva migajas del pan de la cena. Seguramente decidiría escalar y adentrarse en el armario donde para sorpresa suya le esperaba un enorme monumento a la fortuna. Un cúmulo de cúbicos icebergs blancos y brillantes. Dulces cristales diminutos que para ella eran algo casi comparable a un universo de estrellas deliciosas esperando que, una a una, ella las seleccionase, para después almacenarlas en un mausoleo escondido, lejos del armario, en el fondo de su casa, donde podría contemplarlo y disfrutarlo siempre que quisiera. Tras gozar y jugar con la idea de lo que podría hacer con aquel material precioso Juana pasaría a la acción. No me cabe duda que segura de que su plan no podría fallar escaló hasta lo más alto de su tesoro y allí arriba contempló la montaña de sueños que ahora reinaba. Pero Juana no contó con la fuerza de la codicia ni el poder persuasivo de la tentación y probó aquel manjar de dioses antes de comenzar la ardua tarea de trasladarlo trabajosamente hasta un lugar seguro. Pudo sentir la luminosidad de aquellas deliciosas piedrecitas blancas en sus papilas gustativas una vez y dos y tres... Antes de rendirse ante un cuarto deleite del paladar, pensaría que aquello era demasiado valioso como para perder el tiempo disfrutándolo momentáneamente cuando sin duda podía hacerse con todo. Pero también se le ocurriría que allí mismo, podría ser suyo en su totalidad y descartaría la idea de llevárselo a casa, como había planeado en un primer momento. Así pues, no me cabe la menor duda que siguió saboreando su monumento al placer culinario, cada vez más apasionadamente, cada vez más fuera de control. Sin duda se olvidó por completo de su intención inicial y continuó lamiendo pedacitos de cielo, porciones de dulce fantasía en segundos robados a la lujuria.

Y casi podría asegurar que la muerte la sorprendió en el momento de éxtasis mayor, cuando ahogada en medio de un sinfín de granos de arena blanca aquella hormiga dejó una diminuta mancha negra en mi azucarero.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

-Aitonatxo, y esto ¿Cómo se llama?-

- Y eso, ¿Cómo se llama?.-
- Zuhaitza.-
- ¡Qué nombre más raro, abuelo!

Él, se quedó mirando a la niña con la cara seria.

- Barkatu....aitona.-
- Ongi da, txikita.-

Sin que ella supiera el porqué, nunca le dejaba llamarle como hacían el resto: siempre "aitona", nunca abuelo; no iban al bosque, basora joaten ziren. Aquellas palabras tan sólo las oía de su boca, no las había oído a nadie más, bakarrik berari.

- Aitona, ¿por qué hablas así?-
- Nola? Euskaraz? Nola hitz egiten duzu zuk zure gurasoekin?-
- En castellano.-
- Gazteleraz... Beno, baina nirekin euskaraz, eh?-
- ¿Será nuestro secreto?-
- Gure sekretua izango da, bai.-

"Euskara". Eso era lo que él utilizaba para describir todas esas "hitzak" tan místicas para la pequeña niña.

- Kontatu gehiago aitonatxo...-
- ...duela denbora asko, hemendik ez oso urrun...-

Eta txikitak, liluraturik begiratzen zion, ezer esan gabe eta ezer ulertu barik.Bakarrik bere aitonaren ezpainei begira, zimurrez beterikoak, zuhaitz baten sustraiak ziruditen, eta hitz horiek esaten zituen bakoitzean: "ura", "basajaun", "iturria"... baso guztia mugitzen zen haren kondairak babeztuz.

Denbora asko pasa da nire aitona basoan bere kontaerekin, kantuekin, ezpain zaharrekin... geratu zenetik, baina bada gauza bat basoan gorde ezin izan zuena: Hitz misteriotsu haiek.

Batzuetan nire bilobarekin paseatzen dudan bitartean, berak "abuela" esaten dit. Ni, oso serio geratzen naiz. Berehala "amona" deitzen dit. Orduan, bera korrika hasten den bitartean nik irri egiten dut, lasai, gure sekretua betiko bizirik iraungo duelako.

domingo, 13 de diciembre de 2009

PERSEXPENDOS

Persexpendos dijeron.
Persexpendos y me asusté.
Autómatas de carne y hueso con una ranura tras la oreja.
Persexpendos, personas y máquina expendedora,
pero de palabras.
Terror, expendía, horror y otras palabras pensé.
Persexpendos.
Espanto, otra moneda, un par de céntimos y –oso.
Espantoso.
Y noté un picor tras la oreja, una abertura, una ranura…
¡Oh no!
Mi boca desarticulada en la mandíbula.
Tuve miedo.
Se apagaron mis cuerdas vocales.
Una niña se me acercó.
Una moneda tras la ranura.
¡Un cuento!
Y tras el dinero que caía por mi oreja: “Persexpendo GH34R: El niño y el caracol con cuatro patas”
Fin
Se acabó el dinero.
“Persexpendo GH34R desactivado”

martes, 8 de diciembre de 2009

TÉ FRÍO

Tuviste que esperar a que el té se enfriase,
y sin parpadear,
esperaste a ver su calor humeante difuminarse
en la luz tenue de una bombilla agonizante

Inhalaste sin pudor,
el aroma de aquella infusión última,
y espiraste,
los posos de tres o cuatro caricias a una taza
gélida
y agrietada

Tuviste que esperar
a que el sonido metálico de un cucharilla contra tu conciencia,
te rescatase,
de ese rincón de tu memoria,
esa guarida insípida,
en que endulzabas recuerdos con la sacarina de la vergüenza

Pero no esperaste,
a que un guante de algodón rojo en la ventana,
borrase el vaho de tu té entre las cortinas,
tres minutos después de que
el té,
se congelase en tu aliento helado,
más frío
que el mismo invierno que asomaba
tras el vaho de la ventana


domingo, 29 de noviembre de 2009

CUANDO MORÍ

-Yo no sé cómo fue, pero aquel día morí. Y no sé cómo pudo ser porque, que yo sepa, morir no se escribe en primera persona del singular del pretérito perfecto simple de indicativo y, sin embargo yo lo hice. Yo morí. Simplemente morí. ¡Qué tontería más grande! Se pasa uno la vida revisando la ortografía para al final caer en sus faltas sin remedio. Bueno, creo que en realidad, no es una falta ortográfica si no gramatical, porque, si de algo estoy seguro es de que morí con acento, de eso no me cabe la menor duda. Es igual. De cualquier modo me exaspera morir de así, pero es que no lo sé expresar de otra manera. Porque yo no perdí la vida, la tenía muy bien guardada. No soy de esa clase de gente que se deja la vida en cualquier bar como quien olvida los guantes o el paraguas. Nunca fui tan descuidado. No. No la perdí y tampoco me la quitaron. Siempre he sido una persona responsable que se ha hecho cargo de sus bienes perfectamente y los ha guardado con mimo. Morí. Morí sin remedio, claro. Sin remedio porque no se puede morir de otro modo. Cuando uno muere, muere y punto. Y punto final. No vale decir había muerto. Eso tampoco sería correcto. Había muerto, pero luego me arrepentí y dejé de morirme. No ¡qué va! Yo morí con todas sus consecuencias, incluidas las gramaticales.

- Gracias Juan. En cuanto tomemos una decisión le llamaremos.
- …
- Juan. ¡Juan! Muchas gracias, ya puede levantarse. Le llamaremos en cuanto sepamos algo.
- …
- ¡Juan! ¡JUAN!
- Señor director, no tiene pulso. Mucho me temo que…
- Ha muerto.
- …

Y así es como morí. No sé muy bien cómo, pero al menos sé que, gracias al director, lo hice sin fallos gramaticales.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Un paraguas rojo en medio del Océano

Flotaba por la ciudad igual que aquel paraguas rojo lo hacía por el Océano. Con rachas de viento, envuelto en hojas secas, entraba en los bares en otoño, para salir entre olas de alcohol y tabaco cuando ya era invierno. Se bañaba en la espuma que dichas olas dejaban fermentar en su cerebro al día siguiente y como el rojo paraguas que era, como un paraguas rojo entre edificios azules y grises de mar, deambulaba por las calles.
A veces, daba vueltas sobre sí mismo, giraba y giraba, enloquecido y entonces gritaba y el paraguas parecía un gigantesco plato rojo en el mar. Otras veces, simplemente paseaba, se dejaba arrastrar por la brisa de las noches tranquilas, placenteras. Era un pétalo de rosa en el agua.

Pero no dejaba de ser un paraguas rojo en el Océano, mirase donde mirase, no veía más que inmensidad a su alrededor. Por mucho que el rojo intenso de su alma apasionada gritara al mundo, por más que provocase maremotos y tormentas de locura y pasión en su deambular, nadie apreciaba la belleza de un paraguas rojo en una ciudad gris.

Y un buen día de Octubre empezó a llover. No paró de llover en treintaiséis días con sus respectivas noches. Pero un paraguas rojo que flota en medio del Océano jamás da su brazo a torcer y menos aún deja de girar en el agua para seguir el ritmo que le marcan las mareas y las depresiones y la calma y los maremotos y la luna y la tormenta. Por eso, simplemente, dejó que la lluvia le humedeciera el esqueleto día tras día, noche tras noche hasta que el al fin, el paraguas rojo, empapado, se convirtió en una gigantesca mancha de sangre en el Océano. Una mancha que poco a poco se difuminó ante la fría mirada de los edificios grises, las olas que la disolvían en la marea incesante y el guiño que la única que advirtió su desaparición le propinó. Una Luna, que triste por no poder volver a iluminar un paraguas rojo en medio del Océano, aquella noche, lloró una estrella envuelta en una lágrima.

domingo, 15 de noviembre de 2009

CUATRO COSAS Y UN CLIP

Su mundo en un bolsillo. Era tan sencillo. Cuatro cosas y un clip. Nada más. Podía salvarse metiendo la mano en aquel saco mágico de su chaqueta. Acariciar aquellos objetos tan preciados le bastaba para evitar horas tan profundamente deprimentes como las de los domingos por la tarde.

Una servilleta: la del bar de Isaías. Arrugada y desgastada en las esquinas.
Un llavero: souvenir de su última estancia en Tenerife. Folclórico y en desuso.
El tapón de un bolígrafo Bic: antigua guarida de chuletas varias.
La esfera de un reloj de propaganda: parado en la hora en que el mundo se redujo al bolsillo de su chaqueta.
Y un clip.

Tenía cuatro años cuando Isaías intentó robarle el triciclo el día de su cumpleaños. Cuatro años y algunos minutos más cuando su madre le curó las heridas que la pelea entre ambos había ocasionado en sus rodillas al rozar el suelo de gravilla del parque. Desde aquel momento, claro está, no volvieron a separarse. La unión hace la fuerza y en su choque comprobaron que sus fuerzas estaban tan a la par que más valía unirse.
Melinda fue otro cantar. No hubo peleas, no al menos de las que se curan con Betadine y “sana,sana”. Melinda eran un par de ojos negros tinerfeños imposibles de despegar de ese sitio donde las obsesiones acaban convirtiéndose en recuerdos imborrables. Melinda era un verano tras otro junto al mar. Se hicieron expertos en besos y hasta los clasificaron en diferentes categorías y modalidades. Competían por ver quién lograba el más excitante, el más original, el más extravagante y todos los adjetivos que puedan surgir en tres meses de estancia en las islas.
En la Universidad encontró muy útil reducir sus conocimientos a un trocito de papel minúsculo y junto a Nora, ideó un sistema casi perfecto de copia clandestina que les proporcionó importantes ganancias. Ingresos fundamentales para fines tan imprescindibles como charlas cafeteras, películas de cine mudo en sesión doble y medidas anticonceptivas para disfrutar repetidamente de placeres en aquel entonces prohibidos.

Desde entonces hasta ahora habían pasado ya 74 años. Más de siete décadas ajenas y extrañas.
Desde entonces hasta ahora sólo había añadido un clip al tesoro enterrado en su bolsillo.
Tenía 94 años, 4 hijos y 11 nietos.
Y un clip.


Dio tres pasos eternos hasta la barandilla del puente de hierro forjado que separaba su cuerpo del río inmundo y gris que envenenaba la ciudad. Durante 74 años había visto cómo aquel río se oscurecía a su paso bajo el puente en el que a diario se detenía cinco minutos después de comprar el periódico. Se metía la mano en el bolsillo, acariciaba sus recuerdos y sacaba el reloj que le recordaba la hora de partir. A las cuatro de la tarde, las campanas de la Iglesia se convertían en el último aviso para los pasajeros del tren rumbo a Francia, el exilio. Veía a Nora, su reflejo, cada día que pasaba menos claro en un río que moría un poco cada día.

Arrojó su mundo al río. A las cuatro de la tarde vio la esfera del reloj ahogarse en los sonidos del campanario, la servilleta de Isaías deshacerse en un gris difuminado y el tapón de bolígrafo bic perderse con la corriente.

Se guardó el clip en el bolsillo. Sabía que allí adonde iba encontraría seguro las cartas perdidas en el exilio que había estado esperando recopilar en aquel clip durante 74 años. Ahora las leería todas y después se las guardaría en el bolsillo.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Caída en bici

¿Qué ocurre mientras te estás cayendo?

Vas escuchando tu música preferida con tus mejores cascos. Notas la velocidad del viento en tu rostro y nada te preocupa. Hasta que tomas una pequeña cuesta a gran velocidad y giras ligeramente hacia la izquierda. Es un día frío, lluvioso y el suelo está mojado, pero tú, confías plenamente en tus nuevas ruedas. Dejas de pedalear y te dejas llevar por la velocidad que ya tenías y la cuesta. En ese momento, aparece en tu camino un pequeño charco que no tienes la oportunidad de esquivar. Inesperadamente, tu rueda delantera resbala y te das cuenta de que no vas a poder evitar la caída, que te vas al suelo de todas todas. Para los que hayáis tenido la suerte de conocer éste momento, he de decir que es un hecho un tanto peculiar. El mundo a tu alrededor, se congela, tus sentidos se paralizan y ves como te caes lentamente. Cuando tu pedal colisiona con el suelo y produce ruido, realmente sabes que te has caído y tus momentos de incertidumbre anteriores se disipan. No cabe duda, estás en el suelo.

Por si pensábais que acabo aquí, aún me queda por contar el desenlace final.

Con la velocidad que llevas, literalmente derrapas por el suelo. Mientras derrapas estas pensando: “¡mierda!” Se me ha tenido que resbalar la rueda, con lo bien que me había ido el día...” Por suerte, tus guantes de invierno, tus grandes cascos, los cuernos de la bici y sobre todo, tu pedal ancho, te libran de las consecuencias y sales ileso. Te incorporas instantáneamente y compruebas que tus pantalones no están desgarrados y que tu bici sigue entera.

He explicado minuciosamente la caída pero todavía no has leído lo mejor, querido lector. En pocas palabras, en el momento que te caes, tu consciencia se va al garete y es tu instinto quien te maneja por ti, como si hubieses puesto el piloto automático. Esto es tan real que al levantarte te preguntas: “Qué habré hecho para que no me haya pasado nada...”

sábado, 7 de noviembre de 2009

TARDE

Llegaste tarde

A aquellos ojos color púrpura

A aquellas callejuelas de adoquines mágicos

A las flores rojas que crecían entre aquellos adoquines


Llegaste tarde

Cuando las agujas del reloj se derretían por los rayos de luna

Cuando el tiempo se escabullía escaleras abajo y se ahogaba en las alcantarillas

Cuando el día no volvió a preceder a la noche porque la noche se volvió eterna ese día


Llegaste tarde

Porque el tranvía descarriló en la novena avenida

Porque se rompió ese motor sistólico acatarrado y atrancado en una pulsación

Porque tu camino nunca guió tus pasos puesto que tus pasos creaban un camino cada vez


Llegaste tarde

Y Eloísa

Que se te había clavado como una chincheta en el cerebro

Ya no estaba


Ni sus ojos púrpura

Ni las flores rojas

Ni tampoco los adoquines mágicos

viernes, 6 de noviembre de 2009


El mar

En sus aguas azules todo transcurre más despacio. Allí el tiempo no pasa, sólo se disfruta. No hay golpes, sino contactos. En el mar no hay penas, hay historias atrapadas en antiguas botellas. Cuando se hunden barcos, no mueren , empiezan a vivir.

El mar tiene un amigo, el viento. Generalmente, se suelen unir cantando su obra, “la brisa marina” pero en ocasiones, cuando no se ponen de acuerdo, se enfrascan en una ópera tormentosa. Aún así, también tiene tiempo para sus amores y es que a la tierra no para de comérsela.

Es principio de vida y su inmensidad nos llena de grandeza cuando nuestra vista se relaja en su color. Cuando nos bañamos en él, le dejamos escrita una carta molecular en su memoria acuosa para que no nos olvide.

En su azul claro con matices dorados, transcurren fiestas a ritmo de reggae y no deja de resoplar olas rizadas. Y en algunas partes del mundo sus diminutos habitantes crean discotecas de un azul aún más intenso y marino.


El Caballo

Esta pieza de ajedrez, de aparencia inocente, puede sorprender al adversario. En cierta manera, todos intentamos parecernos al caballo, un carácter modelo. Forma parte de un bando, en nuestro caso de un grupo de gente. Esta pieza interactua con las de su equipo siempre defendida por otra. Nosotros, las personas, a lo largo de nuestra vida conocemos a mucha gente, cada cual muy diferente de los demás. Por eso, en cuanto no nos sentimos respaldados por nadie decidimos cambiar de sitio. Vagamos por el tablero eligiendo los mejores movimientos y al fin, cuando creemos encontrar nuestro lugar intentamos adaptarnos. El caballo es un animal que se adapta cuando sus compinches le dan de lado.

Una vez que ha encontrado su sitio y es él, no tarda en destacar y consigue su propósito logrando un jaque mate tímido pero muy poderoso. El caballo no pierde los estribos ante situaciones difíciles, las afronta y salta por encima. Siempre salta, no se queda pensativo en los fracasos y en las posibles cosas negativas que le hayan podido suceder. Salta por encima de todo. Es inteligente porque tiene la capacidad de olvidar, cosa que pocos logran hacer sin rencor. En pocas palabras, es una fuerza bruta escondida (camuflada, mimetizada en su entorno), un torrente de enegía que fluye contra todo pronóstico.

-Recuerden, recuerden....-

Recuerden, recuerden el 5 de Noviembre. Conspiración, pólvora y traición.
No veo la demora y siempre es la hora de evocarla sin dilación...


Nos dicen que recordemos los ideales, no al hombre. Porque con un hombre se puede acabar: Pueden detenerle, pueden matarle y pueden olvidarle, pero cuatrocientos años más tarde, los ideales pueden seguir cambiando el mundo.

Porque mientras pueda utilizarse la fuerza ¿Para qué el dialogo?
Sin embargo, las palabras siempre conservarán su poder. Las palabras hacen que algo tome significado y si se escuchan, enuncian la verdad. Y la verdad, es que algo en este país va muy mal. ¿No? Crueldad e injusticia. Intolerancia y opresión. Antes teníais libertad para objetar, para pensar y decir lo que pensabais. Ahora, tenéis censores y sistemas de vigilancia que os cuartan para que os conforméis y os convirtáis en esclavos.
¿Cómo ha podido pasar? ¿Quién es el culpable? Bueno, ciertamente unos son más responsables que otros y tendrán que rendir cuentas.
Pero, la verdad sea dicha, si estáis buscando un culpable solo tenéis que miraros al espejo. Sé porque lo hicisteis, sé que teníais miedo. ¿Y quién no?
Guerras, terror, enfermedades… Había una plaga de problemas que conspiraron para corromper vuestros sentidos y sorberos el sentido común.
El temor pudo con vosotros y presas del pánico acudisteis al actual líder.
Os prometió orden. Os prometió paz y todo cuanto os pidió a cambio fue vuestra silenciosa y obediente sumisión.

Hace más de 400 años un gran hombre deseó que el 5 de Noviembre quedara grabado en nuestra memoria. Su esperanza era recordar al mundo, que justicia, igualdad y libertad son algo más que palabras, son metas alcanzables.
Así que si no abrís los ojos, si seguís ajenos a los crímenes, entonces os sugiero que permitáis que el 5 de noviembre pase sin pena ni gloria.
Pero si veis lo que yo veo, si sentís lo que yo siento y si perseguís lo que yo persigo, os pido que os unáis a mí y juntos les haremos vivir un 5 de noviembre que jamás, jamás, olvidarán.
¡Libertad! ¡Para siempre!
Firmado:
V

jueves, 5 de noviembre de 2009

Noviembre

martes, 27 de octubre de 2009

-Oda al Libro.-

Cuando un libro es abierto,
ningún sueño queda
a la intemperie del olvido.

Es el lugar predilecto,
el llamado hogar,
donde la memoria de la esperanza de unos pocos
quedó plasmada.

Esperamos un amigo,
un confesor, un apoyo,
Y solo requieren calor,
consideración y un poco de amor.

Los sueños,
enormes en el corazón
y fugaces en el tiempo,
pronto no serían más que recuerdos borrosos
en una alcoba seca,
Seca, seca y reseca,
vacía de amantes temerosos de su timidez,
sino fuese por éste,
¡Elo aquí al culpable!
El libro.

No se atrevan pues, a decirme
que un libro no es más que un cúmulo de historias.

Si escribo,
no es sólo por el afán egoísta,
desesperado
y quimérico
de ser recordado:

Mi yo.
Este yo infinito.
este yo que me siento,
que me temo,
que me limito.
Como creo recitar
del maestro Don miguel.

Sino,
por la esperanza, la corazonada,
de que mis sueños no sean fusilados
cuando la brillante guillotina del tiempo
caiga sobre mi pescuezo.

Y así,
yo escribiendo
y ustedes conociendo,
recordemos
el verdadero valor del libro
Y del hombre.

Los hombres, por lo tanto, señores míos,
no somos más
que el instrumento para tan honrosa empresa.

Y los libros,
no son más que escritos,
cápsulas en el tiempo,
para que los sueños
no se mueran de frío.

-Cama 2261.-

-¡Ojú! ¡Mira hijo!-

Yo me levanto y me calzo las zapatillas de andar por casa. Es una de esas pequeñas cosas que hacen que este lugar no sea tan frío y estéril. Poder traerte las zapatillas, me refiero.
Cruzo mi cama y la cortina separadora, y allí está, en su cama, panza arriba con una bata azul y agitando las piernas.

-¡Mía! ¡Mía cómo muevo las piernas!- y sonríe.

De joven se le deberían formar hoyuelos en las mejillas al sonreír pero tras toda una vida trabajando en el campo, las arrugas son la marca distintiva del tiempo. Una marca a hierro vivo.

-¡Ehto e un milagro! ¡Obra de la virgen! ¡Ojú! ¡Qué ante, no podía de moverme, y mía ahora! Ehto ha sío la virgen.-

¡Qué acento más cerrado tiene el condenado! De Granada es mi compañero, y 74 años lleva a cuestas, que se dice pronto.

-Mañana, cuando te den de alta, a mí tambié me lo tendrán que dar. Y salimo lo do juntos y sin el tacataca.- dice entre ojús, vivas la virgen y sin parar de pedalear el aire.

Según me ha contado, hace unos días estaba trabajando tan normal en la huerta, sin problemas. Cogió la bicicleta y cuando fue a bajarse, le agarró la pierna y el brazo.

-¡Qué milagro! ¡Ojú!- le brillan los ojos entre las arrugas, las cejas poco pobladas y las bolsas de los ojos.

Me pregunta a ver si estudio, y me cuenta que su nieta está en San-Sebastián estudiando medicina.
Él no sabe ni leer, ni escribir. Tan poco sabe que le causa el dolor. Los médicos tampoco. Lo tienen atiborrado de calmantes pero no le hacen pruebas. Él solo sabe del campo y yo, su nombre. Se llama Francisco.

“Desde la ventana del hospital no se ven los campos donde yo crecí” Pensará cuando se queda colgado mirando a través de las persianas.

-¡Obra de la virgen! ¡Ojú! ¡No vé! ¡Mía cómo muevo las piernas!-

Y yo lo veo pedaleando en una bicicleta roja,
con la bata azul,
por una caminito de grava
entre los campos de Granada.

Es la una de la madrugada en una habitación del hospital de Txagorritzu, el cielo está naranja y un anciano nacido en Granada, de nombre Paco, pedalea en el aire tumbado en la cama sonriendo, y yo a su lado no para de reír de alegría.

Lo dicho. Quizá, y por obra de la virgen, salgamos los dos juntos del hospital sin ayuda del tacataca y en bicicleta.

viernes, 23 de octubre de 2009

Tú siempre.
Tú absoluto.
Tú y tus tus
Yo y mis mis.

De pronto todo son tes y mes
Adiós nos
Vos adiós

Y allá en la Argentina…

Conocés mejor que nadie
Os conocés ché!


Yo sigo con ti
No con vos

Otros
Vos y otros los tiempos del tú

Tú siempre.
Tú… absoluto.

jueves, 22 de octubre de 2009

Gris oscuro y la niña de Picasso


Comenzó anteayer. Anteayer cuando Susana tomó gris oscuro para dar la última pincelada al cuadro. En circunstancias normales, no hubiera ocurrido nada. Pero, ¿qué circunstancias son normales? Noches sin dormir, el tiempo que se acaba. El deber de darle cuerda a un reloj que no existe. Las últimas palabras de Yesabel sobre el tocador 32:

“My pen is bleeding every bloody drop of gin I ever drunk in your honour…”

El sonido de sus tacones grabado en el tablado del escenario y mi mirada que se perdía en el infinito cada vez que derramaba la botella de ginebra sobre una carta de amor.

“…now suffer the course of trying to transform into words all the silence my pen lets go.”

Susana terminó el cuadro azul que me dejaría como recuerdo y lo hizo con un brochazo de gris oscuro.

Yesabel, actriz de cabaret, dio su último espectáculo ayer noche para después desaparecer. Era la función de todos los días, todas las noches. Era la función de los seres perdidos en la noche, como yo. Y el rojo se esfumó con ella de mi vida, trayendo el gris oscuro del último tono de color de Susana.

Era un cuadro conocido, la niña con el vestido azul y la paloma a la que Picasso hizo dejar su pelota para mirarle, tímida. Pero la niña ya no miraba tímida, sonreía, y dejaba volar la paloma blanca hacia el cielo.

“Es precioso”, dije

“Deja que se seque, mañana te lo puedes llevar.” Se giró hacia mí “Sabes que puedes venir cuando quieras, ¿verdad?”

“Sí” Pero no conseguía apartar mis ojos de la paloma y el vestido de la niña. En el aire. Todo era nuevo, cada movimiento. Cada sonrisa de la niña era nueva para el mundo. Recordaba cuando era pequeña y deseaba ser la chica del vestido azul. Sentir el palpitar de la paloma en mis manos. Deseaba echar a volar con ella. Sin embargo, por alguna razón, la niña del vestido azul no echaba a volar.

miércoles, 14 de octubre de 2009

-Geografía.-

No puedo.
Me es imposible.
Intento estudiar geografía,
mas leo poesía.

La geografía es un divertimento,
carente de sentimiento.

En cambio,
La poesía es algo gordo,
que da mucho morbo.

No, no y no.
Inconcebible.

Puede que tengan parecidos,
lo admito:
La curvatura de la serranía
con la de la palabrería.
Los desniveles de los picos
con la importancia de los hitos.

Leo teoría
como si se tratase de poesía.

Mas NO,
No se puede comparar.

Quien lee poesía
como si de un mapa litológico se tratase,
no es más que un zopenco
que llegará al gobierno.

Y en mi caso,
quien estudia geografía
como si versos de Lorca se tratase,
llegará al cero,
si se terciase.

lunes, 12 de octubre de 2009

-Ser.-

Cerró la puerta con llave y se sentó en el colchón.
Su dormitorio era pequeño y de escaso mobiliario: Una armario empotrado, una mesilla con una lámpara de noche, un reloj despertador y una copia de poesías completas de algún autor germánico.
La cama individual estaba tapada por una colcha de color rosa pálido y una silla se situaba contra la pared con un par de camisas dobladas sobre el cojín, junto a una minúscula televisión de color ocre.

Perforando el silencio estático de la diminuta estancia, se oían las agujas del reloj despertador segando los segundos como una guadaña sobre un campo de trigo.

Se sentía. Notaba su yo. Como una viscosidad casi líquida que se escurre entre los dedos mas no puedes apresarla y que deja un pegajoso y maloliente rastro en la mano. Fluía de existencia pesada, de su yo, atrapado en el pecho.
La pura existencia sin placebos ni somníferos. Ese pesado yo, que sientes y piensas, y que se nota como una piedra en el estómago.

Tras reflexionar un rato, llegó a la inevitable conclusión de que ante la imposibilidad de zafarse de ese pensamiento que le llevaba persiguiéndole desde el mediodía, su cabeza, único miembro con dos dedos de frente, se separaría del cuello y se marcharía por la puerta con tal de no seguir escuchando el repiqueteo de ese antojo mental.
Dejando así, un cuerpo decapitado, ataviado con un traje de lino reposando sobre un colchón magullado.

viernes, 9 de octubre de 2009

EXCUSAS PARA ESCRIBIR PAPIROFLEXIA

Diana, que vivía dentro de una bombilla tenía un libro en la mochila. Un aburridísimo libro de un autor consagrado con el que nunca le apetecía matar el tiempo. Así que Diana pensó y claro, que remedio, se iluminó. Arrancó una hoja de aquel libro plomizo y tosco, la dobló y la volvió a doblar. Se le antojó que aquello podía ser un pájaro y lo echó a volar, pero cayó al suelo ardiente de la bombilla y se quemó. Así que cogió otro pedacito de papel y lo plegó varias veces más. Esta vez el vuelo fue más elegante, aunque breve, y el pájaro se estrelló de nuevo para correr la misma suerte que su antecesor. A aquel autor consagrado poco le podía importar lo que Diana hiciera dentro de una bombilla, por eso siguió deshojando el libro. Se le ocurrió que cuantas menos hojas tuviera le costaría menos trabajo leerlo. Y continuó. Y sí, amigo mío, así se inventó la papiroflexia. Pero no creo yo que esté descubriendo nada que no se sepa. O ¿es que nadie se ha fijado en los pájaros de papel que vuelan alrededor de los filamentos de las bombillas?


- Sí doctor, lo sé. Usted es psicoanalista y no se encarga de dolencias o son ¿turbaciones? No sé, inquietudes como la mía, pero…es esa palabra…No vivo doctor, ya no. Me enloquece, de verdad se lo digo. Es escucharla y acto seguido mi mente comienza a trabajar aceleradamente y no, no puedo parar. No son drogas, no, doctor. La ketamina me producía otra sensación. Esto es algo más profundo y mucho más exasperante, es insoportable doctor. Si pudiera arrancarme esa palabra, no sé, alguna terapia de shock. Dígame, se lo ruego, una palabra que me provoque la sensación contraria, no, no, no quiero un antónimo, bueno sí, un antónimo sí, pero de la sensación que me provoca. Quizás si le pregunto a Diana… puede que ella me ayude, aunque creo que anda ocupada. No lo sé doctor, ayúdeme. Sí, la palabra, sí… Es… Es… papiroflexia.

“ Y la noticia que ahora les vamos a relatar les dejará boquiabiertos: Un psiquiatra de Barcelona enloquece por apuntar la palabra papiroflexia en el informe de un paciente. El doctor, de nombre Diana, rompió una bombilla al chocar contra ella con el pájaro de papel en el que viajaba. A causa del impacto el arte de la papiroflexia se expandió por tierra, mar y aire. Y ahora nuestra compañera Amelia nos hablará de…”

Tenía que coger un papel y un bolígrafo y escribir algo. O eso le habían dicho. Pero él no era demasiado dado a tales menesteres. Un papel, un boli y letras… letras… No le gustaban, concretamente algunas de ellas, por ejemplo... la “t”. La detestaba. “Lógico que la palabra detestar lleve dos “t”s” pensó. Y siguió descartando letras. De mala manera las expulsaba de su papel a medida que las letras, indefensas, trataban de saltar de su cerebro a su forma escrita. Había letras realmente horribles. Finalmente se decantó por unas pocas; nueve concretamente. Las dibujó en el papel y las ordenó a su antojo, también repitió alguna a la que había cogido especial cariño. Luego cogió el mismo papel y lo dobló. Aquello era todo lo que tenía que escribir. Después lanzaría la palabra al aire porque estaba seguro de que Diana desdoblaría aquel pedacito blanco de ingenio y… seguro que a ella se le ocurriría qué hacer con él.

Papiroflexia, leyó.

martes, 22 de septiembre de 2009

VERDE OLIVA DE CORTINA



Las cortinas son verde oliva

Son de aceituna aterciopelada y rasgada

Polvorientas de viento marchito tras la ventana


Las cortinas esconden un mundo de cristal nublado

Son ceguera de otoño invierno y verano

No me dejan ver el espectáculo


Terciopelo áspero de la realidad que esconden


Quiero correrlas

arrancarlas y rasgarlas y abrir la ventana


Y ver

el otoño y el invierno y el verano


Y oler

el verde oliva y el viento marchito


Quiero abrir las ventanas al mundo que muere tras una cortina


Una cortina que enmudece y ensordece


Una vieja y triste cortina verde oliva

lunes, 21 de septiembre de 2009

Confesión

Es la hora. La hora de admitir mi ya no presunta, pero absoluta implicación en la Secta.

Un día de esos en los que el cielo es un balde de pintura azul y el frío hace de nuestras manos trozos de porcelana enlazada tomé el maldito camino, odioso camino de baldosas rojas, desteñidas, que me lleva a la rutina. Salté por encima de todas y cada una de las bocas de alcantarilla, no fuera a ser que bajo el peso de mi humor de plomo se vinieran abajo. Evité cada rastro de primavera, cada brote verde, y posé mis ojos en la caída de las hojas de otoño, en los charcos embarrados, con la esperanza de ver en ellos algo más que melancolía absurda, el comienzo del fin de un año que se acaba. Comencé a ver realidad estática, perspectivas perfectas de la calle que se convierte en camino interminable que se convierte en túnel que se estira, que te transporta por…Por nada. El otoño comenzaba y la rutina era una carcoma hambrienta acurrucada en un recoveco de mi alma de madera.

Lo que yo no sabía es que se acercaba el fin y que ahora tendría el arma sobre la mesa, mis gafas circulares entre las manos y el papel de mi confesión ante mis ojos.

La Secta, como decirlo, ya todo el mundo sabe lo que es aunque nadie se atreva a nombrarlo. Filtros sea quizá la palabra clave. El mundo en su grandiosidad, en su imposible complejidad, hace daño. ¿Nos duele pensar en África?¿En el control de natalidad? ¿En la miseria? ¿En lo poco que queda de moral? ¿Nos duele tan solo pensar? No importa. Establecemos unos filtros que impiden que esa realidad dañina pase de nuestras retinas al cerebro y nos cause un cortocircuito. Pero eso, ya lo sabemos, no es la Secta. Eso lo hacemos todos y cada uno de nosotros. Ahora viene ese momento genial, ese destello de novela futurista. ¿Por qué no construir una sociedad donde los filtros sean compartidos? ¿Por qué no hemos de sentir todos lo mismo? Las mismas aversiones, los mismos miedos, las mismas negaciones….y arroparnos los unos con los otros en un aura de comprensión. ¡Era perfecto! Claro que fuimos unos pocos los que decidimos por primera vez ponernos las gafas circulares y negras y sentir esa unidad de visión, de pensamiento. Gafas, sí. ¿Cómo si no iban a ponernos los filtros? De alguna manera a esta primera fase de prueba del proyecto la llamaron la Secta. Éramos un grupo reducido, que poco a poco crecimos hasta no tener en común más que nuestras gafas negras…y una visión del mundo. ¿Qué más daba si forzada o no? Era unánime.

Ahora, casi todos formamos parte de ella, los nuevos avances han traído lentillas, asociaciones, colegios….ante la confusión, todos nos escondemos tras esos filtros que nos alejan de la realidad del mundo. Pero nunca nadie lo admitimos. ¿Cómo admitirnos miembros del rebaño? ¿Con el orgullo de una tribu? Las verdaderas revoluciones se hacen en silencio.

Pero aquella tarde que tomé la senda de la rutina y experimenté de nuevo el destello de melancolía barata de telenovela que acosaba mi mente encerrada en jaula de cristal, decidí deshacerme de las lentillas por unas horas y salir a cazar perspectivas, calles largas, caminos al futuro próximo, cielos de pintura azul. Porque tras las gafas el cielo es azul claro, las aceras están mojadas y sobre todo, nuestras manos nunca más serán bellas piezas de porcelana enlazadas. Nunca. Y echaba tanto de menos aquel siempre, donde los besos no son actos de pasión, sino de ternura, donde la vida nos es de color rosa, sino de azul Inglaterra. Donde hay algo más que el ahora. Donde un penacho de plumas aplastado en la carretera no es nunca un pajarillo muerto, sino un grito de guerra silenciado. Aquella tarde me quité, por recordar, los filtros de la sociedad, los cristales, y mi alma recordaba, herida y melancólica, sensaciones imposibles. Amor doloroso. Llorar con solo recordar un momento feliz. El sabor del cielo al anochecer. Lo imposible. La agonía de la realidad en otoño.

Poco a poco, llegaba la hora en la que tendría que volver a ver tras mi querido cristal, donde ya no sufriría con fuerza, donde todo era banal…Hasta que vi a aquel niño. Rubio, pequeño, resuelto y miniaturizado. Llevaba un jersey a rayas perfecto en unos pantalones de pana color crema-curso escolar el corte inglés. Estaba gritando. Tenía ocho años y gritaba, no chillaba, gritaba convencido y fuerte hacia sus padres, que paseaban por delante. Gritaba enfadado pero sereno, convencido. Y, con sus dos manitas de cuatro años cada una, se quitó las gafas negras de la cara, de un tirón. Los padres pasaban su mirada horrorizada del niño a mí, estúpido transeúnte en el estúpido momento equivocado, sin poder encajar esa escena, esa rebelión abierta al otro lado de sus ventanucos de cristal, sus gafas redondas, clónicas, montura negra. El niño, respirando agitadamente, sujetaba fuerte las suyas entre sus manitas que se amorataban sobre el cristal. Mientras, miraba al cielo. Me gusta pensar que con miedo a que le cayera una gota del azul sobre su pelo rubio, una gota del azul más fuerte que había visto nunca.

No me detuve a ver el final de la historia, corrí a casa, cerré las ventanas, tomé una hoja del escritorio y ecribí: Es la hora. La hora de admitir mi ya no presunta, pero absoluta implicación en la Secta.

Y ahora ya sé que no es solo la hora de admitirlo. Ahora que tengo la pistola sobre la mesa me dispongo a poner fin a este capítulo fácil en la historia de mi vida con un solo disparo.

PUM

Ahora las gafas están rotas, atravesadas con una bala de plomo. Y la realidad, mi confesión, yace escrita sobre la mesa. Pronto vendrán a por mí, pero para entonces…para entonces ni yo ni mi confesión estaremos aquí. Seguramente para entonces esté recorriendo, deprisa y hacia atrás ese caminito de baldosas rojas, desteñidas, que me llevaba a la rutina, y yo lo desharé entonces hacia lo desconocido.

O no. Ahora llaman a la puerta. Se han dado prisa. Por la ventana. ¡Corre!

domingo, 13 de septiembre de 2009

-Timothy & Lewis "En busca de una estrella".-

Primera parte: El sueño

Hubo una ocasión en la que Lewis se quedó prendado por la hija del Pastor, Hollie, y no tenía otra cosa en la cabeza que poder pasear con ella. Pero, Lewis para si corta edad, tan solo 6 años, sabía que el pastor era un hombre respetable y sabio y que necesitaría impresionarlo con algo grandioso para que le dejase pasear con su hija.

Ese Domingo, durante el sermón del Pastor, Lewis estuvo especialmente atento para conocer algo que le fascinase. El Pastor habló acerca de la creación del universo y de cómo Dios había creado el Sol y las estrellas.
-¡Ya está! Le conseguiré una estrella.-se dijo Lewis.-Eso sí que le sorprenderá.-

El joven Lewis planeó, según los conocimientos que tenía acerca del espacio, que conseguiría llegar a la luna para esa misma tarde. Pronto se dio cuenta de que para tan arriesgada misión necesitaría de la ayuda de su hermano Timothy, dos años menor que él. Y así, los dos hermanos empezaron los preparativos del viaje:

Cogieron el triciclo de Lewis y le ataron un carrito de color rojo donde pegaron pegatinas de rayos para poder coger más velocidad espacial.

Entonces Timothy, que era de los dos el más avispado, se dio cuenta del primer obstáculo que se encontrarían al llegar a la luna:
-El abuelo me dijo que en el espacio por el díxido de carbono la cabeza te puede explotar como un globo de agua.-
-Es cierto.- le respondió Lewis.- A mí también me lo dijo por eso ya tengo un buen equipo de cosmonauta para los dos.
-¿El qué?- preguntó intrigado Timothy
-Nos pondremos unos tapones de masa de maíz en los oídos para que el díxido no entre.
-¿Y que haremos con la gravedad?-preguntó Timothy todavía más intrigado.
-No te preocupes llevo el tirachinas por si aparece.-

Y es que los dos hermanos habían pensado en todo. Para poder atraer a las estrellas cogieron un muñeco de trapo, que se llamaba Oscar. Ya que, días antes, habían escuchado a su padre decir que las estrellas de Hollywood tan solo buscaban el Oscar. Y las estrellas son iguales en todas partes.

Y así, fijaron la fecha del lanzamiento espacial para después de la merienda. Tras comerse dos sendos bocatas de anchoas y coger un bote de mantequilla de cacahuete para poder sobrevivir en el espacio, montaron todos los bártulos en el carrito rojo y Lewis al mando del triciclo espacial empezó a pedalear hacia la luna mientras Timothy empezaba a comerse la mantequilla de cacahuete en el carrito.

Pasaron la iglesia y el ultramarinos y Lewis estaba seguro de que no les quedaba mas que la mitad del camino hacia la luna. Tan solo les faltaba conseguir la suficiente altura para llegar hasta el lugar donde nacían las estrellas.

De repente, a unos metros de años luz, en el arcén de la carretera, Lewis vio algo que le hizo ponerse alerta.

-¡Timothy! Rápido coge mi tirachinas.-
-¿Qué pasa?-
-Allí delante. Es una nave enemiga, dispárale.-
-No pienso dispararle. No es más que el viejo perro de los Wilson. Chispas.-
-Es cierto. Me he confundido a causa del díxido de carbono. Ponte los tapones antes de que nos explote la cabeza.-
-¿Podemos llevárnoslo con nosotros?-
-Está bien. Podrá defendernos de los alienígenas.-

Y así es como un nuevo tripulante se unió a esta arriesgada misión, dirección a la luna, para conseguir una estrella.

viernes, 11 de septiembre de 2009

DE PORCELANA



Ojos de porcelana
Porcelana blanca
Mirada blanca de porcelana

Así eran los ojos de Marionne
Esa chica que vio un sueño
y cuando éste voló alto, muy alto
sus pinceladas verdes azuladas en el iris se cristalizaron.
Y después
Blanco
Porcelana
Frágil

Marionne no pudo volar tras su sueño
y sus recuerdos,
se convirtieron en tazas de café
Blancas
Vacías
De porcelana

De porcelana sin sueños
De sueños sin pinceles
De pinceles sin color

Todo era blanco y frágil
Todo escapaba a su mirada que se rompía sólo con recordarle un sueño
que volaba alto, muy alto
y que en pleno vuelo, cayó

Una taza de café estampada contra el suelo
Mil pedacitos de porcelana blanca
Y entre ellos,
dos
los ojos de Marionne
estampados contra un sueño que voló alto
muy alto.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Marfil


Un rayo de sol se colaba entre las hojas y acariciaba los ojos cerrados del niño de marfil, que arrugaba la nariz intentando espantarlo. De vez en cuando, un quejido salía de su boca rosada y parecía asustar un poco al sol. Se escondía tras alguna de las nubes colgadas en el cielo por un momento para volver otra vez, como un mico más de la jungla, a jugar con la blanca criatura tumbada entre hojas de cacao.

Kuma observaba, casi con miedo, casi con curiosidad, el juego del sol. Hacía dos horas que el niño de marfil dormitaba entre las hojas. Era raro, se decía para sí, no podía andar, no tenía dientes…y era como ellos de blanco. Se miró sus manos oscuras y las vio sucias de trabajar. Intentó limpiárselas en el vestido. Volvió a sentir miedo del niño. ¿Era así como se creaban?

Hacía dos horas, mientras recogía cacao, había notado uno de los granos pesado. Grande y pesado. Lo cogió con las dos manos y lo bajó hasta el suelo. Vio que se movía. Un poco. Tenía una grieta de arriba abajo. Kuma había trabajado siempre, desde que tenía memoria, recogiendo cacao a órdenes de los hombres de marfil. Sabía que era mucho más joven que otras recolectoras y poco mayor que otras, por eso creía que era joven. Otras contaban historias de su vida antes de recoger cacao, a ella no le habían dado historias ni recuerdos.

Intentó abrir el grano de cacao y cuando al fin sonó crack, un nuevo sonido inundó la selva: un llanto. Empapado y rojo, un niño lloraba a pleno pulmón desde el grano de cacao.

Kuma había visto pocos niños, pero sabía que para nacer debía haber una madre…o eso pensaba. Ella tampoco recordaba ninguna madre, solo los bosques de cacao. Mientras observaba cómo el niño jugaba con el sol, pensaba que quizá ella hubiera nacido igual y aquel niño de marfil no era sino su hermano. Aquel niño blanco era su hermano. Un escalofrío recorría su cuerpo menudo al pensarlo. Los niños blancos…a veces podía observar niños blancos jugar en los jardines altos. Eran tan distintos a ella…Eran de marfil. ¿Aquellos niños de marfil salían del cacao? Por eso lo recogían... ¿Y si ella también hubiera nacido del cacao? ¿Sería ella también de marfil?

Tomó a su nuevo hermano en brazos y avanzó selva adentro. Si era de marfil, nada podía pasarle. Pasaron los últimos árboles de cacao, los últimos arroyos conocidos, los últimos rayos de sol, las últimas horas de esclavitud y la noche se los tragó, para no devolvérselos nunca más al día.

Encontraron el cuerpo de Kuma al día siguiente, abrazada a un grano de cacao. Menos mal que ella ya estaba lejos, con su hermano de marfil. Andando por una noche sin miedo, porque de eso no se tiene si se es de marfil.

lunes, 31 de agosto de 2009

Éramos

miércoles, 5 de agosto de 2009

¿Cómo llegar?

Me dijiste que para llegar tenía que seguir la calle que sube hacia la catedral, hacia el centro de la antigua urbe, el centro de la ciudad que suspira por el título de metrópoli.

Desde allí, debía tomar el callejón que baja entre macetas, ese callejón con las paredes desconchadas y balcones enrejados de plomo. El plomo deja polvo negro sobre los pétalos blancos de los lirios y las ventanas tienen cuartillos cerrados. Algunas llevan carteles de cerrado o de juro que volveré. El callejón serpentea, lleno de adoquines rotos, pero no debía desesperar, siguiendo hasta el final, llegaría hasta los trigales.

Los trigales son mecidos por el viento de la meseta castellana, un soplo de flauta. Parecen no terminar nunca. El cielo se asoma también, celeste e infinito sobre las espigas, que, verdes, cantan con el ritmo de la juventud. Entre ellos hay un camino, una senda que los separa de un campo de lo que para agosto serán girasoles. Había de seguirlo hasta una poza de aguas turbias que me regalaría tu reflejo.

Frente a la poza hay una casa que parece arrancada del callejón. Se acurruca, blanca y desconchada entre las espigas de trigo verde. Dentro encontraría una fuente de manzanas frescas para recuperarme del camino. Después, siguiendo el aroma de la brisa del mar hasta el primer piso llegaría hasta el balcón de la habitación de la izquierda. Frente a mí hallaría otra explanada distinta a la meseta, algún lugar del mediterráneo. Podría bajar las escaleras y disfrutar del mar.

Pero yo querría continuar, así que tendría que subir al desván, y, entre los baúles apilados del fondo, encontrar uno azul. Debía abrirlo con cuidado y bajar las escaleras de madera de la torre de hormigón que hay tras la tapa del baúl, hacia abajo. Me encontraría a la orilla de un río, en el corazón de un bosque.

Aquel era el camino, pero como yo sé que nunca hay uno solo, que mil de ellos llegan a Roma y que algunos de ellos se hacen al andar, tomé el tren hacia Trinia, donde crecen los claveles más hermosos.

Mientras el tren se desliza sobre el mar de pétalos rojos de Trinia sé que no fallaré, que con tallos de claveles rojos construiré el camino y no tardaré en llegar por mi propio pié al río en el bosque, a tu corazón.

lunes, 27 de julio de 2009

Hacia el sol

Contra todas las leyes de la naturaleza, la hiedra comenzó a crecer bajo de sus pies y, siguiendo a sus pensamientos, pusieron rumbo hacia el cielo, tras el faro que es el sol sobre el lienzo azul de invierno temprano. Por tocar el sol, hacia el sol, hacia el sol… tenía la hiedra en la hiedra, en sus ser, como un pálpito, como un único pensamiento que la condenaba al crecimiento acelerado, siempre hacia el sol, hacia el sol... Contra todas las leyes de la naturaleza, las hiedras crecían bajo sus pies al son de sus pensamientos. Hacia el sol, hacia el sol, hacia el sol…

Y, nuevamente contra las leyes de la naturaleza, de la biología, de la antropología, de la geología, del creacionismo y el evolucionismo, la estatua de Ícaro levantó sus ojos hacia el sol, hacia el sol, hacia el sol, hacia el final de sus alas de cera, hacia el final de su vida y sonrió melancólico. Una lágrima pétrea por una historia. Su cuerpo de piedra por volver a volar hacia el sol. Porque, mientras, los pensamientos de aquel que se sentaba en el patio subían, crecían, trepaban, hacia el sol, hacia el sol, hacia el sol….


Y, con la cabeza enterrada entre sus brazos, con el cuerpo recostado en una mesa de piedra de un patio de piedra, soñaba. Contra todas las leyes del ser humano la naturaleza rompía sus normas por alguien que impulsaba alto a sus pensamientos, que los elevaba, que hacía espirales con ellos y los mandaba hacia el sol, hacia el sol, hacia el sol , con los ojos cerrados y el alma a flor de piel, su ser se elevaba como la mirada de la estatua de Ícaro, hacia el sol, hacia el sol, hacia el sol…


Y cuando llegaron crecían hiedras donde el día anterior no las había, y una estatua derramaba una lágrima de piedra sobre su mejilla. Pero solo vieron el cuerpo del pensador, inerte, recostado en la mesa de piedra, la cabeza entre los brazos…y el alma, con alas de cera, volando hacia el sol.


DULCES SUEÑOS

domingo, 26 de julio de 2009

ENCOSTRADO


Daniel estaba encostrado, encostrado acostado y encorvado, todo a la vez, era de esas personas absolutamente capaces de hacer todo aquello al mismo tiempo. Milagroso. Pero volvamos a la situación inicial: Daniel y su costra, su costra en la oreja. Sí, la oreja es un mal sitio para tener costras, como todo el mundo sabe, pero es que la de Daniel era especialmente enrevesada. Sí, la costra de Daniel era de ésas que no le dejan a uno vivir cuando les da por recordar su presencia. Era caprichosa, traviesa y se hacía notar sólo cuando a ella le venía en gana. Solía dar señales de vida por las tardes, a eso de las cuatro, a esa hora en la que Daniel, fiel defensor de las cuatro de la tarde, se acostaba y encorvaba en su cama y sin necesidad de dar al “play” dejaba que su mente se alejara de la habitación tras las notas de un saxofonista desconocido que también fiel defensor de las cuatro de la tarde, todos los días, hacía de la música un arte y del arte un sueño inalcanzable. Entonces era cuando Daniel se encostraba. Parecía que su costra se excitara con la música del saxo y le pidiese a gritos que la librara del recoveco en el que estaba atrapada en la oreja de Daniel para volar por la ventana y alcanzar la melancólica melodía. Aquel saxo parecía llorar, como la costra, como Daniel, pero también parecía querer gritar su pena, como Daniel, como la costra. Cuanta más tristeza se desprendía de cada nota, más fuerte intentaba Daniel librarse de su costra, pero a medida que pasaban los minutos la costra parecía acomodarse, parecía cogerle gusto al recoveco de la oreja y se amarraba a ella con una fuerza violenta, tan poderosa como la nostalgia que entraba por la ventana directa a los oídos de Daniel.

No podía quitarse aquella costra caprichosa, pero no soportaba la idea de vivir siempre pegado a ella, cada día a las cuatro de la tarde comiéndole la oreja, robándole las notas de su canción. Su canción…

Bajó cuatro pisos y cuatro escalones a la hora que todos sabemos. Dio dos pasos, miró de frente al saxofonista que a su vez dio dos pasos y en la unión de sus labios un costra murió junto a una melodía triste; a las cuatro de la tarde.

sábado, 25 de julio de 2009

Guillermo Bruma

La habitación de Guillermo Bruma eran tres metros cuadrados de remiendos y un maletín de cuero con las iniciales W.S. El maletín era su lugar más querido, donde podía dormir por las noches acurrucado, donde se sentía siempre en casa.

La vida de Guillermo Bruma era un juego de muñecas rusas: un recuerdo dentro de otro dentro de un momento dentro de un disparo de luz y ruido en mitad de la noche o bajo la cama de Casandra. Guardaba todos los recuerdos dentro de la más grande de las muñecas, la más adornada: una identidad.

La identidad de Guillermo Bruma era tan gris como anodina y hacía de escudo protector a una vida de anodinos colores cercanos al gris. Pero distinta. Guardaba su vida de colores apagados bien camuflada bajo otra de matices grises. Los frágiles destellos de color eran su mayor tesoro, porque eran diferentes. Diferentes a la realidad.

La realidad de Guillermo Bruma era el Londres más gris de todos, en el que se prohibía pasear solo por decreto, en el que se denegaba socialmente el derecho a lo inútil, a mirar durante horas a un cuadro de figuras sensuales y se promovían los cócteles frente a obras de arte descafeinadas y desprovistas, arrebatadas de todo sentido en dos líneas paralelas de colores. Era el Londres del comienzo del siglo XXI.

El pasado de Guillermo Bruma estaba guardado en su maletín. A las preguntas de la gente el respondía que en él guardaba momentos.

El presente de Guillermo Bruma era un cuadro de secretismo, su primera muñeca rusa, una trama de callejones sin salida. Sus conocidos murmuraban no haber visto nunca a sus amigos y los amigos se extrañaban de que ocultase quien era su familia.

La noche que desapareció Guillermo Bruma fue una en la que forzaron la puerta de sus tres metros cuadrados de remiendos mientras él no estaba, tomaron el maletín y lo abrieron a la fuerza. De él salieron disparadas mil fotografías en papel, reveladas, cómo antes, en las que la imperfección de la pérdida de color y los seres en movimiento se asomaban por doquier. Pero era otra realidad, y si le hubiéramos preguntado a Guillermo Bruma, seguro que hubiera dicho que una mejor.

En lo que debieron haberse fijado para encontrar a Guillermo Bruma sería en una foto desteñida de un parque enfermo de invierno pero aun en otoño. En el banco podrían haberle visto, descansando, durmiendo. Pero ya nadie se fijaba en las fotos desgastadas, en el pasado del señor Bruma, en esas fotos en las que quedaban atrapados colores. Apagados. Serios. Pero colores.

viernes, 24 de julio de 2009

TE ESCRIBO

Te escribo, te cuento, te comento que detrás de una letra junto otra y si veo que se llevan bien, pues sigo, prosigo y te digo que ahí vienen otro par de letras, parece que continúo, te explico que ya van tres líneas y apenas avanzo. Punto y aparte.
Ya voy, poco a poco, sin prisa, coma, sin prisa, no le vaya a sentar mal ¿dónde íbamos? ¡Ah sí! Íbamos tras un par de letras, vayamos, veamos, otra línea. ¡Vaya! No puedo… quizás otro día…Tres puntos; uno el primero: dos el segundo y tres el tercero.
Retomemos, a partir del punto y aparte, bueno sí, en realidad eso era, es, será, lo que quería decir, escribir, contar, comentar, explicar, en definitiva un infinitivo, definitivo.
FIN
Escribo.
FIN

miércoles, 22 de julio de 2009




domingo, 19 de julio de 2009

Querido Ulises

Querido Ulises,

Ulises,

Deseado Ulises,

Odiado Ulises,

Querido Ulises,


Es tan extraño el destino…Desde esta gasolinera en la autopista A-1 quiero manifestarte mi total agradecimiento por tu huida por tu desprecio por tu desaparición por tu intervención en mi vida.

He recorrido el mundo buscándote buscándome buscando una respuesta y creo que al final la he encontrado. Has sido mi excusa mi aliciente el veneno en mis entrañas de gran ayuda: empecé por buscarte, ansiosa desesperada y terminé encontrándote muerto jajaja fiambre mortal traidor miserable olvidado. Yo sin embargo he ido recogiendo recuerdos por el camino, me gusta pensar que cuando me veas no me reconocerás que te arrepentirás de haber vuelto a Ítaca que no ha sido en vano mi búsqueda y que he encontrado una vida nueva de rouge y charol en la que soy libre para volar en la que soy libre para vivir en la que no dependo de ti.

Gracias a ti he descubierto el mundo y nunca podré agradecértelo lo suficiente, ahora que estás muerto y olvidado.


I wish you where here

Con mi más absoluto odio

Deseosa de no volverte a ver

Gracias de nuevo por liberarme de tu presencia


Calipso

viernes, 17 de julio de 2009

BUSCANDO UN POEMA



Estuve buscando un poema
y me perdí.
Me perdí en mil libros,
en mil almas sin huella.
Mil poemas sin un poema,
mi poema.

Seguí buscando un poema
y me encontré
en una noche sin día
en la que de los árboles,
muertos
caían hojas,
muertas
que hablaban de poemas
muertos.

Retomé mi búsqueda perdida
y me escondí.
Me escondí en un rincón desconocido
de mi vida ajena a mí.
Mi vida vivida por una parte mí,
una parte que dormía en un rincón
donde un poema,
arrugado,
en un papel de servilleta,
emborronado,
me buscaba.

domingo, 12 de julio de 2009

ROSA DE METAL


Tenía una rosa de titanio incrustada en el corazón, en su corazón de hielo.
Una rosa de latidos metálicos que rebotaban en paredes congeladas.

La rosa gritaba. Era un sonido agudo y desgarrador, casi chirriante. La rosa gritaba su desesperación por escapar de su jaula helada.

A veces tiritaba y el calor que producía parecía derretir un poco las paredes que la apresaban, pero no era suficiente, aquel PUM PUM metálico no cesaba, no se aceleraba, no se ralentizaba, siempre el mismo PUM PUM frío y metálico como ella, insensible como una rosa con pétalos de titanio.

La única escapatoria posible podría ser la muerte, pero no, aquella rosa ya estaba muerta por fría de frío, por fría, de metal. La única escapatoria posible era la vida, debía vivir.

Y entonces llegó aquel puñal que hizo del hielo láminas de frío que se derritieron en sangre que cubrió los pétalos de titanio de una rosa roja, de una rosa viva en un corazón caliente y apuñalado, en un corazón vivo.

martes, 7 de julio de 2009

CALCETINES

Diego tenía dos opciones y una decisión que tomar. Los zapatos los llevaba en la mano y los calcetines, rotos, en los pies. Debía decidir si quitarse también los calcetines y abandonarlos junto a los zapatos o simplemente quedarse con sus agujeros y decir que el calzado se le había perdido.

En un día en blanco y negro de frío azul no había lugar a dudas, tendrían que ser los zapatos, ya vería después qué hacer con los agujeros de los calcetines. Buscó un cigarrillo a medio empezar entre los cadáveres que descansaban en paz en el jardín y pensó que no sabía coser, enorme problema en un día de frío azul ¡y sin zapatos! Bueno, eso era lo de menos, los zapatos debían de permanecer lejos de sus pies, eso ya estaba decidido. Olisqueó el pitillo y se sentó en el banco. Claro que no tenía nada que ponerse en los pies, pero… cordones. No soportaba las cuerdas, lo atemorizaban, tener que atarse a sí mismo cada día… era demasiado, algo con lo que no tenía por qué vivir. “Zapatos sin cordones” pensó, claro que de todas maneras no dejaban de ser una carcasa con la que apresar sus pies. No, no era justo tener que vivir montado en unos zapatos, no podría sentir la tierra bajo sus pies, pisar continuamente la misma suela… imposible, inimaginable.

Dejó el cigarro donde lo había encontrado, era tarde ya, había empezado a refrescar y tendría que buscar algún sitio donde dormir. Abandonó los zapatos sobre el banco y empezó a caminar hacia el río en busca de algún puente acogedor, canturreando el canon de Pachabel. Mientras en su cabeza se debatía entre coser los agujeros de los calcetines o tirarlos al río una mujer de cara aterciopelada se le quedó mirando sorprendida. Lo que nunca sabremos es si aquella señora lo observaba porque Diego estaba destrozando la melodía del canon o porque jamás había visto antes a nadie pasearse desnudo y en calcetines a orillas del río durante la madrugada de un cinco de Diciembre.